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lunes, 28 de diciembre de 2015

EL PIANO

Michael Cheval© - Music, Full of Surprises

Un piano es una fiesta y contiene otras fiestas.
Muchas lunas hirvientes en la batiente cola.
Teclas golpeando cuerdas de su vibrante gola
y escalas de gorjeos y angustiosas respuestas.

Montañas de sonidos, mares, olas compuestas,
meten aguas de tiempo en la caramañola
y las bebemos siempre, notas de un alma  sola
y llevan cascabeles en alocadas crestas.

Martillos y badajos chocan contra campanas,
mueven bosques, efluvios, de menuda hojarasca
y en los bordones graves hay sombras y fontanas

surtiéndonos las penas en oscura borrasca.
En el piano hay un arpa memoriosa y profana
y en dígitos y manos el cuore se nos casca.

Amílcar Luis Blanco (Pintura de Michael Cheval) 

martes, 22 de diciembre de 2015

OMNIPRESENCIA DEL ADIÓS






¿Te diste cuenta?
Todo el mundo dice adiós.
No sólo en las despedidas,
aeropuertos,
terminales de micros,
andenes y estaciones.

Esta intoxicación de espaldas tiene
que ver  con que quien queda se despide.
Y aun siendo una mujer joven y bella,
metida en muchedumbre de deseos,
se sienta siendo adiós y siendo huella,
sintiéndose viajar tras la ventana.

En todas partes, todos lados,
hay una ingente necesidad
de burlar las presencias.
De escabullirnos siempre.
Simplemente de irnos.

Desde que estuvo la "pájara sentada en el verde limón
y cortó con el pico la rama y cortó con la rama la flor"
vino la diáspora,
el desengaño de toda aquiescencia, todo arraigo.

Omnipresencia del adiós

¿ Te diste cuenta ?

Amílcar Luis Blanco (Oleo sobre tela en madera, Pintura de Donatello Carloti Torregroza Vargas)

EL HUESPED






Interpelo a las sombras, interpelo
al corazón fugaz de la tiniebla,
al vacío del miedo que se puebla
de nuestro corazón y nuestro anhelo.

Y no hallo nada, solamente cielo.
Sí, porque preguntar abre la niebla.
Nos hace luz reciente, nos repuebla
de nuevas intenciones, nuevo celo.

Hay tanto corazón en la pregunta,
tanto temblor ajeno nos desnuda,
que si regreso a mí a buscar la duda

todavía desvelándome trasunta
ese fulgor de mundo que se junta
con mi huesped de sombra que se muda.

Amílcar Luis Blanco ("Campo de granos con cuervos", oleo sobre tela de Vincent Van Gogh)




domingo, 20 de diciembre de 2015

EL ODIO




Hombre y mujer cayendo 
cada noche
en nuestros cuerpos
y cayendo al final
de los naufragios
también y para siempre
en nuestros cuerpos.

Antes de ello, digo,
me pregunto,
¿Por qué dejar caer nuestra inocencia?
Ese fuego de paz de la inocencia.
Esa pasión al rojo de la paz
que todavía late entre nosotros
y es nuestra  sangre viva.

¿Acaso porque abajo clama el odio
con sus fauces abiertas,
sus colmillos y dientes
y su apetito de fracasos
y calamidades
y ejerce, 
aunque no queramos reconocerlo,
sobre nuestras débiles contexturas,
una atracción de imán,
un vértigo de abismo?

Y si por fin  tanta inocencia,
ingenuidad,
tolerancia,
como pájaro, 
herido,
cae.
Comienza uno a caminar en un desierto
de odio
y ya no puede nunca
ascender
como un ángel.

Hay memoria de haber sido ángeles
en cada uno de nosotros.
Esa conciencia del sagrario,
en las rosadas auroras,
en los rojos crepúsculos.
Ese sentirse agua y ser de agua
bajo las lluvias abundantes
o cuando sumergimos nuestros cuerpos
en el mar,
en un río,
en la piscina 
del parque de un amigo
y sentimos la plenitud de una
amorosa
soledad
libre.

¿Cómo asumir entonces luego el odio
tan plagado de erizos,
espinas, brasas, polvos,
sobre nuestro cuerpo, nuestras manos,
cuando las otras ansiosas,
las del odio,
procuran
aferrarnos?
Degustar ese acibar
en la poca saliva
que no pasa
por el trago sin fe
de la garganta.
Que además nos aherroja
y esclaviza
en su mazmorra turbia
y nos despoja.

Quienes estamos vivos
todavía
ansiamos la frescura,
la libertad
del aire,
lo azul del firmamento,
el verde tan intenso
de las arboreas copas,
espumándose siempre
hacia la altura.
Anhelamos el agua,
esclavos de su sed,
en tanto nos consiste.

El odio es ese bruto,
celoso o seductor
que nos muerde
hacia dentro
y nos lastima
en la carne y la sangre.
Enfermedad llegando
desde fuera
hacia dentro.
Y nos saca del aire,
de su azul.
Y nos quita los verdes de las frondas.
Y nos seca por dentro
y nos hace impermeables
al agua que resbala
a  la sed que se apaga.

Siendo que abajo,
 al caminar,
al vernos, al oirnos, al conversar,
debemos eludirlo y a veces
él nos gana de mano,
 se cobra la partida
como un tahur experto.
Oscurece sin fin la luz de la inocencia,
ese fuego de paz de la inocencia.
esa pasión al rojo de la paz,
que todavía late entre nosotros
y es nuestra sangre
viva

Amilcar Luis Blanco ("La caída del ángel", pintura de Marc Chagall)

sábado, 12 de diciembre de 2015

EL NUEVO CAMBALACHE




El burro con la mujer,
la mujer con el burro,
juegan a desnudarse
y a mezclarse.
Y hay días de hombre con burra
y burra con hombre
un poco obscenamente puestos
a pensar y dialogar
después de haberse mutuamente
disfrutado.

Ello sobre y entre más objetos
que una cama.
Entre el aparato de tevé y el de radio.
Entre el diario del día y el tráfago
del trabajo y la molicie,
del ocio y el negocio.

Mientras el frío los desnuda, 
y la ausencia los traba,
en un lugar en el que muchos tendrán nada
y pocos tendrán mucho
y en el que la paciencia de la honestidad
habrá engendrado de nuevo la insolencia
de la más abyecta ignorancia
de los muchos que tendrán nada
en homenaje a los pocos que tendrán mucho.

Un nuevo cambalache,
entre Dios y la historia,
burros,
hombres,
mujeres, 
objetos,
nos mezclamos con ardiente dinamismo.

Aquí, en esta Argentina,
donde la mayoría de nosotros
se tuteó con el miedo y la pobreza,
como pueblo o jauría,
como pueblo o manada,
como pueblo o cardumen,
como pueblo o bandada,
volvemos
a entronizar a nuestros verdugos.
¿Es posible?

¿Por qué no?
Para lograrlo se ha borrado 
toda la memoria del mal,
exigencia del merchandising
para la venta del viejo y nuevo producto.
Se han prometido nuevos bienes
anunciados con globos amarillos
por sobre las cabezas del gentío,
por entre las cabezas del gentío,
dentro de las cabezas del gentío.

Gentío
o jauría 
o manada
o cardumen
o bandada,
ladrándose,
mugiendo,
nadando,
posándose en objetos,
reciclando el pasado,
regresando a la niebla,
al mundo en el que muchos tienen poco
o nada
y pocos tienen mucho
o todo.

Entre pitos y flautas, 
entre flautas y pitos.
Y en ese bochinche, 
desfigurados,
desfigurándonos,
como suele decirse, 
como suele engañarse.
Detrás de las caretas de un nuevo carnaval
se ha borrado todita la memoria del mal.

Televisión 
y radio 
y diarios 
y revistas,
a voz en cuello, 
a imágenes en  ojo,
han defenestrado con el glamour
de sus glamorosas mentiras
a quienes ejercieron 
la paciencia de su honestidad.

Infectaron la paz con el agravio
de la mentira que luego
se transforma en sospecha.
Enfermaron la ilusión del que trabaja,
mimetizado en burro, pez o ave,
la esperanza del que sufre,
vale decir nosotros
y obtuvieron dividendos en votos.

Y ahora todos,
quienes no los votamos 
y ¿quienes los votaron?,
sumados en el mismo cambalache
bajo el poder de los objetos,
con educada inocencia,
con educada ingenuidad,
democráticas,
les deseamos que les vaya bien
y les pedimos, ¡por favor!,
que nos dejen llegar vivos
hasta la próxima elección
¡Por favor!

Amilcar Luis Blanco ("Dedicado a mi prometida", Pintura de Marc Chagall)


martes, 8 de diciembre de 2015

EL DOLOR




Hay un dolor yaciente,
un amor hecho ruinas.
Pechos, muslos, rodillas,
vida latiente y mansa
golpeando en las orillas
de la muerte.
Hay piedad y consuelo
grabados en objetos,
sobre tela,  en colores.

Baby sitter 
ficticia 
dando amor al dolor.
Al dolor que en Guernica 
no extinguirá ese llanto
que registró 
Picasso 
batallando en sus trazos
con el negro y el blanco 
sobre la tela blanca
bajo el ojo de neón 
de la lámpara 
insomne.

Compasión de una  joven 
sobre el desesperado
alzarse de unos brazos 
en un eterno grito
de impotencia sin freno 
por la inocencia en ayes
cortada por la hoz 
de una  muerte 
caida 
en andanada
que hubo asesinado 
la intensa mansedumbre.
Un hombre desde el arte 
clama contra la nada.

Quién pudiera estar siempre 
trasponiendo las sombras
y compensar tristezas agudas, 
sufrimientos de abismo,
sosteniendo, inculcando, 
intensísimo, 
amores.

Aquí la talla  dura 
lucha desde sus brazos 
contra la indiferencia 
de la Parca que llega 
amén de inesperada, 
insolente e injusta.

Queda la compasión 
por ese hijo dibujado, 
triste, 
precario; 
sólo un cartón y trazos lo contienen. 
Es el dolor representándose.
Un dolor que no cesa 
aunque el amor lo abrace.


Amílcar Luis Blanco ("Baby sitter" oleo sobre tela por Cesar Santos)

domingo, 6 de diciembre de 2015

AGONÍA DEL FAUNO



Lujurioso en deseos el hombre se retuerce
por seducir la muerte ciñéndose a la vida.
Y se tizna y engrasa hecho un fauno al mecerse,
a la mujer se abraza y atrasa su partida.

La mujer le da juerga y locura y  huida.
Desnuda sus vejeces, ríe al ensombrecerse,
inflama el fuego fatuo, anestesia la herida
y el sátiro se olvida y se ensalsa sin verse.

Su torso es una llama de turbiedad y humo,
no tiene ardor, titila, es lívida potencia.
Ya sus labios no liban de la lascivia el zumo.

Un acíbar amargo los moja sin clemencia.
Quieren ceñir el torso de una sombra sus manos
y más gruesa la Parca lo ciñe en sus arcanos.

Amilcar Luis Blanco (Pintura de Cesar Santos)


jueves, 3 de diciembre de 2015

EN EL PARAISO




Estábamos en el Paraiso.
En el exacto sitio del origen.
El lugar donde vida, luz y sombra, 
se fecundaban y exhibían,
las alimañas cundían y la víbora cantaba,
igual que las sirenas, un silbo de tentación y esperanza.
En el sitiado destino sin fronteras que aflijieran.
Inmensidad parida del horizonte en cinta en cada aurora.
Estábamos viviéndonos. 
Viviendo dentro de nuestros ojos lúbricas ebriedades 
y sin culpas por hora.
Sin remordimientos que las enturbiasen. 
A puro ser a ser, a puro cuerpo a cuerpo.
Pero vísperas hubo de prohibidas manzanas 
y augurios de destierro y de desastre.

Y los dos las mordimos,
masticamos sus pulpas de delicia, la sabrosa textura,
la del hierro y la sangre, la del bien, la  del mal.
Entonces algo de la advertencia celeste se desplomó sobre nosotros
y nos vimos desnudos y sentimos verguenza.
Es que junto a la sangre y el hierro mordimos la obediencia.
Esa ciega obediencia en que el poder consiste.

Amílcar Luis Blanco ("Whisper of Explosion", oleo sobre lienzo de Michael Cheval)