Ese señor de alma transparente,
vida inconmensurable y soberana,
persigue a cada instante su nirvana
y el horizonte pasa por su frente.
Y ese horizonte, inagotable fuente
de su ilusión, en la ilusión le gana
un tiempo de estructura sobrehumana,
ciego al temor, escualido y urgente.
Tiempo horizonte, absurdo cotidiano
yendo desde su frente a cada mano
para sentir las ruinas y desgracias
de una otredad de aciagas eficacias
labradas entre duelos en el llano
del azar, la intemperie y el desgano.
Amílcar Luis Blanco (Pintura de Oswaldo Guayasamín)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Los comentarios son bienvenidos pero me reservo el derecho de suprimir los que parezcan mal intencionados o de mal gusto