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lunes, 28 de enero de 2013

LOS CACIQUES DEL FRIO




























Llegaron a tientas los caciques del frío,
en sus dromedarios, pasito a pasito,
sigilosamente.
Llegaron  sin cuentas, reyes sin navío
y son milenarios, pues vienen del rito,
arenosamente.

Las sombras se desvistieron al paso zigzageado.
Hubo oblicuo marcharse del viento y de la arena,
sucios de oasis, pero desvelados,
torbellinos, dunas, cinturas de tolvas,
testas menudas, lento escarabajo,
las espaldas torvas,
los sonidos bajos.
En el haren cubiertas, solas, bellas,
estaban las doncellas.

Llegaron, se fueron,
pero antes eligieron,
los cuerpos, los cabellos y los ojos
en los que satisfarían sus antojos.

Juntaron las uñas
de a cuatro pezuñas
y los dromedarios
hallaron nuevas cadenas de presagios,
arduos en carnes vivas de calvarios.

El dromedario pisa sus pisadas,
hunde suave sus pasos en la matriz del vidrio
y transporta los pesos y el martirio.

En suave levedad avanzan, penden,
indiferentes a la brasa enfrían,
hienden
penas
hurtadas
en cervales y absurdas alegrías
bajo turbantes y sudor y escarnios,
miran los impasibles dromedarios.

El sol del desierto propaga
su llaga,
suelta en la llanura
su caballo bravo
de infernal bravura.

Los ojos de águila de los caciques
entre las jorobas,
sin ponerse diques,
calculan y cortan distancias,
para sus alcobas
hacen tiendas, turbantes,  chilabas,
y cuentan sus hijos en vientres de esclavas.

Amílcar Luis Blanco