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domingo, 6 de mayo de 2018

EL DESLIZ




unidad

En la copa,
sediento de tu boca,
hoy me bebí el anís
de tu desliz.

La realidad llovía sobre nosotros a raudales
y nos habíamos desnudado de sus males.

El fino alcohol
de tu lascivia
me dejó en la saliva
el vano sol,
la anfibia
sensación de deriva.

Las ropas de los dos daban en los respaldos de las sillas
sensación de abandono, de cobijarnos hasta en las costillas.

Hablamos del amor
antes del beso,
antes de la succión
y del dolor;
del deseo,
tan brusco y tan ateo, 
y la obsesa atracción.

Vos pusiste la fiebre de tus manos de hada
la fiebre de tus ojos, tu estocada,
sobre la desnudez de mi mirada.
Y el dios que sancionaba la lujuria
nos dio un alivio de aceitada curia;
una ausencia formal y delicada.

De ese imán
tan venido de los huesos,
tan hambreado del pan
de nuestros besos,
contagiados de culpa,
de traiciones,
en cada palma se encendió la pulpa
que los dos perseguimos; dos sabuesos
buscándose en prohibidas emociones.

La angustia fue una sombra hueca y muda
y nos acorraló buscando ayuda.

Y bebimos los dos en ambas bocas
plurivalentes copas.
Ingresamos cual tímida pareja
en la promiscua y ancestral madeja
de genitalidad mortal y urente,
absurdos, embriagados de presente,
de este deseo hecho alcohol urgente.

Y fueron nuestras manos, nuestros ojos,
nuestros deseos solos, nuestros huesos,
los que pusieron ascuas en  el desliz de besos
y trabaron con vendas de brazos los antojos
que nos hicieron libres en instantes de ecos,
en instantes de abrazos y alcohol de nuestros cepos. 


Amílcar Luis Blanco (Pintura de Oswaldo Guayasamín)