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miércoles, 24 de febrero de 2010

No daré nombres y apellidos porque quiero exponer ideas y no entrar en polémicas. Mi crítica se dirige a cierta intelectualidad vernácula que es sólo destructiva, a nadie sirve, ni siquiera a los que la ejercen. La defino como una suerte de humor ácido, de emanación ponzoñosa, verba envenenada que contamina e intoxica mal a quienes suelen ser sus destinatarios: televidentes, radioescuchas, lectores de diarios en breves ocios de colectivo, café o trén. Los productores de toda esa verbalización malsana son, en generál, opinadores profesionales, llameselos periodistas, escritores, filósofos y lo que los caracteriza es que no exponen ideas, elaboraciones racionales más o menos imaginativas que intenten explicar o interpretar los hechos honestamente, tratando de ser lo más verdaderos y objetivos que les sea posible, sabiendo de antemano que toda interpretación es subjetiva y uno mismo, siempre, se proyecta en lo que opina, sino que, encubriendo los intereses que intentan defender y deberían declarar los esconden y escamotean para que el pasivo lector, radioescucha o televidente los perciba como santos o santas de una cruzada propaladora de valores éticos, democráticos, republicanos y justos. Es decir mentirosos y mentirosas que disfrazan, con retóricas que los barnizan, y sólo para cobrar sus cuantiosos sueldos a fin de mes, los intereses de quienes les pagan por tan preciado servicio. En este momento son multitud y pululan en las redacciones de los diarios, los estudios de las radios y estaciones de televisión. Puede vérselos con sus trajes, camisas, corbatas, vestidos, siempre nuevos, impecables, en los casos de las pantallas de teve, como retratos móviles metidos en el plasma mediático y formando parte del mobiliario familiar.