
Desde este amor sin verte
te escribo,
desde el dolor de no tenerte
ya convertido en mi tenaz amigo.
Desde este luto ciego y sin mañana,
para mí y para vos,
ya exiliada del aire y de la urbana
constelación anónima y sombría
y en compartido adios.
Porque te has ido tanto y sin volverte
del lazo del latido,
del vientre y de la sien y del sentido.
Eurídice insidiosa aferrada a tu muerte.
Por eso es que te escribo
escalándome al lomo de la infinita sombra
al tembloroso, interminable estribo,
al que mi pie se acoge como a un ala de alondra.
Subiéndome también a esa tiniebla
o bajando hacia el Hades que más y más se puebla
y comparto contigo,
igual que si pulsase las cuerdas hoy te escribo.
Y la lira de Orfeo entre mis manos
es lírica guitarra,
solícita y cordial y, en los arcanos,
la sombra de tu cuerpo que me amarra.
Amílcar Luis Blanco ("Eurídice y Orfeo", oleo sobre tela de Sigur Swane)
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