Yo fui ese niño.
Ese perro.
Ese caballo.
La casa de la esquina
en ese pueblo.
Y también los veranos
bajo los paraísos y la higuera.
Las películas argentinas
de los años cincuentas,
en el cine de Bertero
y las que sigo viendo y veré todavía.
Como escribió Vallejo,
el que "todaviiza perenne imperfección",
así, tan pulcramente como escribió
el peruano
poeta.
Yo soy la calle ancha,
aledaña a los campos,
y aquélla bicicleta
y el dolor en la espalda
del invierno del pueblo
en la plaza, cruzándola.
Y el estupor y el misterio
del niño que pasaba
alrededor del cementerio
y observaba con miedo
las paredes amarillas
del hospital para pobres.
Soy el que sigue siendo
a toda vía.
A todos los lugares y las cosas
que me fueron y son
y siguen siendo.
Dentro de mí los días van quedando
pero también pasando.
Lo que queda define ciegamente.
Lo que pasa, el olvido, pura muerte.
Pero tomo mi amor y lo levanto.
Como quien toma el sol
y raudamente
se emborracha de cielos y distancias.
Y mis manos son llamas de pasiones.
Aún en este gris,
en este humo,
mientras,
casi sin darme cuenta
me voy desvaneciendo
y esfumando
como una bocanada
tantas veces soltada
en los aires oscuros
con la desaprensión
de los veinte años
que todavía laten
en todos los rincones
de mi instinto.
Amílcar Luis Blanco (Lápiz de Pablo Picasso)
Trabajo en mi intuición, envuelto en ella,
también con lo leído y la experiencia.
No pienso, cuando escribo, con paciencia,
en ser distinto a todos. Mi querella
al momento de hacerlo,sufre y sella,
el tema que me toma la inocencia
y me sumerjo en límpida decencia
en el alma de luz que da su estrella.
Y los grandes poetas que han escrito
sobre los mismos temas que me ocupan
forman silencios en los que se agrupan
extrañas concordancias en un mismo apetito,
el de aclarar detalles, ecos del mismo grito,
de voces que conversan y que jamás caducan.
Amílcar Luis Blanco
Hoy envidiando, en celos, me contagio,
retrocedo ante el que, creo, me supera,
ante su ángel, supongo, me vulnera
su poema que yo atribuyo a un plagio.
Hoy, sorprendido, envuelto en el presagio
que el tema igual que el envidiado hiciera
hizo que mis limitaciones descubriera
hundiéndome en un sórdido naufragio.
Fue sobre la verdad, su índole misma,
la competencia en mi visión de envidia.
Y sobre todo fue sobre el "sofisma"
que di ya por sentada la perfidia.
No vi la paradoja, no vi el prisma
de múltiples verdades ¡Qué desidia!
Amílcar Luis Blanco ("Envidia", oleo sobre lienzo de Marcelo Fabio Rodolfi)
Ese elegir, con dudas, entre penas,
en rauda absolución de lo perdido
porque el tiempo jamás es detenido
y desde atrás empuja sus cadenas;
ese cargar con todas las condenas
para seguir haciendo lo elegido
y a los errores darles un sentido
que ya no es el soñado ni el que ordenas,
se llama Libertad y es relativa
compungida y estrecha, atormentada.
No obstante yergue utópica y votiva
su llama enarbolándose y airada
contra la adversidad y la motiva
siempre su posibilidad desesperada.
Amílcar Luis Blanco (Fotografía de la Estatua de la Libertad en Nueva York)
Necesidad ¡ Qué difícil emplazar tu engranaje
y ejercitar mi amor ilusionado!
Surges como descubrimiento recordado.
Tus lenguas anfibias tañen a gusto mi cordaje.
Eres monstruo. Te arrastras bajo mi lento viaje
para empalidecer lo contemplado
cuando por fin atento y exaltado
consigo a mis visiones dar encaje.
Porque quiero plasmar las que me obseden
y elevarlas a un cielo, a lo sublime,
tu látigo castiga mi pluma cuando escribe
Quiere humillar el sino falaz donde se leen
los ya humillados, los que ya no creen.
Quieres robar el fuego, la luz de lo que vive.
Amílcar Luis Blanco (Fotografía de Crachy Vallejos pintando un mural acerca de la necesidad)
Acaso Verdad ¿existes de veras
y trás tanto sofisma y fingimiento
asomas raudamente el sol de tu escarmiento
para darnos tu luz ya sin fronteras?
Acaso, airada mano, desesperas
por golpearnos las máscaras sin cuento
para desmoronar el paramento
de nuestras miserables anteojeras.
Esquivamos, sin duda cautelamos,
el resplandor que tu fulgor acrece
y huimos hechos sombras si amanece
tu sol en nuestros yerros y birlamos
corazones, memorias, porque escuece
en tu terrible fuego lo que amamos.
Amílcar Luis Blanco ("Retrato del Dr. Gadget" pintura de Vincent Van Gogh)
La lágrima en el centro de la carne.
La lágrima en el centro de la tierra.
Y discurriendo fiel por la mejilla
ya sintiéndose gota solamente
ya confundida en lluvia compañera.
La lágrima temblando
y el lacrimal abierto
como una huella de húmedo cuchillo
y en alas compungidas
convertidas en almas transparentes.
Ay! esa cavidad donde las horas
resbalan acuanosas y convergen
con la ansiedad crispada en la garganta
cuando suelta la pálida impotencia
el ser el río, el agua, la congoja,
de un torrente que nunca se detiene.
Amílcar Luis Blanco