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martes, 29 de abril de 2014

Sócrates




Nada como lidiar hecho palabras,
pelear con frases contra oscuridades
para extraer la luz de la muda ignorancia.
Es decir, estar vivo frente al otro
de esa vida nerviosa y lacerante
y en la lucha ser verbo contra el llanto,
contra el dolor estéril, contra el grito
y contra la brutalidad y la desgracia.

Porque siempre hay  desgracia
y siempre la desgracia nos persigue
cual Diana cazadora
y nos clava su lanza de silencio en el centro del logos.
Así Sócrates tuvo la cruel incomprensión y la cicuta
rodeándolo aterido pero audaz defendiéndose
dentro de sus vocablos
blandidos como sables de filos elocuentes
contra la hipocresía y la malicia de sus jueces.

Y tuvo ese morir que da la vida
después de las palabras que hoy siguen conversándonos
y que derrumban las calladas sombras
y  los gritos sombríos de las turbas unánimes
cayendo como picos de cuervos sobre la inteligencia.
Les dio la contraluz de la eximia paciencia
la de aquél que dialoga, escucha y calla
y respeta y en cándida mayéutica
extrae del bruto el elixir del alma sabia
para verterlo en el abrevadero sin fin,
en el espejo donde todos nos vemos
sin ocultarnos nada.

Amilcar Luis Blanco (Pintura "La muerte de Sócrates" por Jacques Louis David)


domingo, 27 de abril de 2014

EL ENCUENTRO






Nos protege el encuentro
de cada sinrazón,
de los golpes del miedo.

Nuestro encuentro nos habla
con palabras secretas de cariño
del alma de nosotros.

Nuestro encuentro nos aparta del tiempo
para que no nos amedrente
la poca eternidad que poseemos.

A veces también nos extravía
nuestro encuentro
sólo para volver a reencontrarnos.

Es una plaza playa nuestro encuentro
y hay un huevo de luz
siempre en levante para los dos.

Amilcar Luis Blanco  (Pintura de Ricardo Sosa)

viernes, 25 de abril de 2014

EL SUEÑO




Pongo mi sien sobre una almohada de tinieblas,
el codo, doblado, desaparece en espesuras
y la mano cautela  las fosas nasales que suenan a cavernas
por las que el viento pasa con la regularidad de las mareas
y hace sonar  sirenas de buques en tránsito contra la lejanía
y me gana el vacío venido de un mareo que agita mis nociones.
De a poco soy cautivo de mi respiración y mi relajo
y me toma lo enorme creciendo desde todos mis costados;
ese ejército guarango de jirafas, castillos, elefantes y cruces
y caigo lentamente tomándome de vagas hornacinas,
de miedos, de fatigas y escándalos y espejos y repisas y mesas
y persianas abiertas en zaguanes que dan a las tormentas.
Pero por fin sucumbo sin remedio, pierdo mi fiel, mi linea, mi balanza,
y un placer sin arraigos me reparte como si fuera brisa sobre el agua,
mas allá de mi cuerpo ya perdido, derramado en palomas y portales.
Y la atmósfera enciende una hoguera invisible, un ocaso, su brasa. 
Y de su centro manan  aromas y vapores que tientan las distancias 
mientras ingreso en cuartos y calles y regresos
y siento que camino hecho un tendal de sombras 
y lunas ateridas se ciñen a mis pasos arriando cautamente la luz de la vigilia.
Entonces se construyen escenarios poblados en las casas de infancia  
por amigos de siempre, por los muertos, los vivos,
los antiguos parientes que cruzaron los días que guardaron mis ojos
y sólo me visitan en la ocasión absurda en que el azar se abre y nos acoje
en ese campo dilatado y lueñe donde hasta el tiempo hunde su congoja
y detiene sus puños de vigilia delante de mi frente porque sueño.

Amílcar Luis Blanco ("La tentación de San Antonio" por Salvador Dalí)

miércoles, 23 de abril de 2014

Los amantes






El sol nos queda afuera.
Estamos ovillados en la luna clara y dulce del encierro,
sobre el lacustre sitio de las sábanas y los mediodías,
donde a diario desertamos de nuestras ocupaciones
obviamente desnudos.

Esta es la narración de nosotros adúlteros y suena
igual a las guitarras atribuibles a lánguidas cigarras,
volcados bajo el peso de tirantes de una luz ya de obrajes,
ya de tareas propias de oficios ceñidos a las sienes.
Las piernas de ella umbría se recogen y cantan.

El sol nos queda afuera porque somos amantes
y eso lo sigilamos detrás de las persianas y bajo los relojes,
mientras las gentes piensan y caminan y encogen
y se les caen las almas debajo de las suelas lueñes de los zapatos.
Mi espalda la precisa como un acantilado.

Eso lo sigilamos detrás del sol y adentro de la alcoba encendida,
de la alcoba que acoge todos nuestros silencios
y nos dicta palabras tendidas en las cuerdas de las ropas caídas,
pantalones, polleras, sacos sobre las sillas
y ojos derramados en pequeñas tinieblas.

Amílcar Luis Blanco  (Pintura de Eric Fischl)

El beso





Hay que poner el beso donde se sueña el beso
su ardor y su frescura en los labios atentos,
en rosas de ansiedades, hielos, fuegos y alientos
y latidos y fiebres en fuga y en progreso.

Abandonar la boca en hipnótico acceso
y dejar a las lenguas impulsar movimientos
tendientes a enervarnos raíces de tormentos
confiando a la blandura el gozoso proceso.

Poner carne con carne los álgidos fermentos;
en base de mandíbulas el lánguido suceso
de dar vuelo a las sangres y los merecimientos

y a partir de ese sorbo amarrar nuestro exceso
de amor y de libido y humores y aspavientos
sellándolos en alma de pasión, cuerpo y seso.

Amilcar Luis Blanco  (Pintura de Eivar Moya)


Esto de preguntarle a las palabras




Esto de preguntarle a las palabras
cada vez que se sufre o que se sueña
no parece adecuado.
Habría que indagar, más bien, a cada sombra,
o al mismo sufrimiento cara a cara
y en el sueño caerle a cada rostro
objeto, cuerpo, movimiento o ansia.

Hay substancia de acción y mundo nuestro
escabullido en lágrima o congoja
y lo que rechazamos desde brazos y manos,
lo jadeante en el pecho,
necesita la grúa del suspiro
las palancas de adioses en las grietas
entre las soledades, las ausencias.

A menudo los verbos resbalan como hojas
cayendo de un otoño inextingible
y nos dejan adentro abismos de extrañezas
abismos del tamaño de toda la locura
y no son las palabras entonces lo que somos
y quedan junto al alma amontonadas
como fotografías o pañuelos u objetos.

Amilcar Luis Blanco (Pintura "Guerra interna" de Luis Felipe Noe)

martes, 22 de abril de 2014

Una asturiana poeta




Una asturiana poeta 
dejar debió el verso libre 
y en octosílaba meta,
limitándose al calibre 
medido de la espinela 
y a su rimadora estela, 
gustar el fuerte gengibre 
de tener que componer 
versos que le hacen perder 
el tañer para que vibre. 

Es duro tener que entrar 

en un certamen y duele 
adentrarse en un versear 
donde el afán se nos muele 
y se nos cansa el acento 
en el obligado intento 
de una pluma que cincele 
sin ninguna libertad 
aquéllo que de verdad 
sentimos que nos repele. 

Amilcar Luis Blanco  (Pintura de Zurbarán)