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viernes, 25 de septiembre de 2015

ESCILA O LA COMPASIÓN






" . . . una piedad recien nacida llora"
Mayte Dalianegra, de su poema "Escila"



Escila es la mujer nunca enamorada de nadie.
La que viaja dentro y fuera de sí misma,
excitada y desbordada constantemente
por una ninfomanía que no le da paz
ni le permite ancla en corazón alguno,
porque su propio corazón hecho de aconteceres,
de tormentas insomnes y mareas de deseos,
la esclaviza.

Todos entramos a ella por el portal de sus ojos
y, por un momento, viajamos hacia su paraiso.
Pero después el viaje se desvía.
Entra por y atraviesa un laberinto de senderos.
Se enloquece como una barca sin brújula
entre vientos que descomponen el cielo,
después también el mar sobre el que yacen.
Nace entonces junto a la complacencia,
después de una desilusión anonadante,
el inmenso deseo de comprenderla;
la compasión.

Pero Escila nos muerde y habita dentro de nosotros,
desfigurada por el tiempo que hace que no nos abandona.
La quisieramos echar, deshabitarnos de ella,
quitarle para verla la maldición de Circe,
desplomarla a los besos sobre la arena hirsuta,
enamorarla y embarrarla, percudirla de soledades
hasta que se nos muestre y sus atiborradas ansiedades
anclen en nuestro corazón como en una bahia de silencio.
Después de haberla expulsado la extrañamos
entrañablemente.

Amílcar Luis Blanco (Pintura de Monique Van Steen)

Según la obra Las Metamorfosis, de Ovidio, Escila fue una vez una hermosa ninfa. El dios marino Glauco, anteriormente un pescador, se enamoró de ella, pero ella huyó de él hacia la tierra, donde no podía alcanzarla. Desesperado, Glauco fue a la hechicera Circe, para que le preparase una poción de amor y así derretir el corazón de la joven. Circe, que estaba secretamente enamorada de Glauco, le recomendó dedicar su amor a alguien más digno de él, intentando cortejarlo con dulces palabras y miradas, pero el dios no quiso saber nada de ella. Circe se enfureció, pero con Escila y no con Glauco; por ello, fingió ayudar al dios entregándole un frasco, recomendándole que lo vertiese en la charca donde Escila solía bañarse. Glauco siguió sus instrucciones y vertió la poción; sin embargo, tan pronto como la ninfa entró en el agua se transformó en un horrible monstruo de seis cabezas. Glauco, que vigilaba la escena desde la lejanía, perdió su interés por ella y se marcho.---------------------------------------------------------------------------