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martes, 2 de febrero de 2016

HAY UN BARCO




Hay un barco y un río reunidos
y una vigilia ajena,
tensa desde las manos del agua.
Un darse limpia,
líquidamente,
del agua crecedera
cayéndose 
en casi horizontal cascada,
hacia un mar que no vuelve.

El corazón de los buenos se ofrece.
La sangre misma se transparenta
para darse a las manos callosas
de los trabajadores,
a los rostros curtidos de sol y viento,
de los trabajadores
estibando los bultos como lápidas
contra el peso de la vertiginosa brisa.

Hay un barco y un río reunidos
esperándolos, esperando
en la tensa vigilia del agua creciente,
en la soltura transparente
dilapidándose sin remedio,
partiendo el claustro sangriento del ocaso.
Quién  no se abrillanta queriendo navegar.
Quién  no quiere poner proa 
rumbo a la felicidad.

Abordarlos
al barco y al río
sería navegar hacia  fuentes
de hontanar  infinito
donde las  nostálgicas angustias
descompondrán su prisma en alegrías 
y un caleidoscopio de corazones
recibirá a los navegantes.

Porque al haber un barco y un río reunidos
hay también la posibilidad
de una partida infinita,
de un adiós para siempre
desde la incertidumbre que hoy vigila tantos brazos
y los tañe y golpea
como un enorme badajo
hasta una felicidad de campanillas sin sonido.

Hay un barco y un río iluminados hacia la matriz de la esperanza,
hacia ese mar que no regresa nunca porque el agua es la marcha,
el irse para siempre sin entretenimientos ni tardanza,
quebrando la tiniebla y el ocaso rojizo y el augurio de nieve de la escarcha.

Amílcar Luis Blanco  ("Atardecer luminoso", oleo sobre tela de Benito Quinquela Martín)