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domingo, 22 de marzo de 2020

LA PESTE






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Hay un dolor de lágrima encendida.
Es la huella del agua de una fuente
de  llantos y de lutos sin medida
vueltos de modo impar a este presente.

Hoy como ayer la muerte nos convida.
Vivamos sin mezclarnos como gente
pero comunicados porque anida
su hoz en lo  gregario y contingente.

Vino en guerras mundiales su redada
y también en hambrunas. Vino en pestes
a cosecharnos con sus raudas huestes.

Hoy viene como siempre solapada,
global, envuelta, bien disimulada,
en hábitos ingenuos y terrestres. 

Amílcar Luis Blanco (Pintura de Rodolfo Abularach - "La peste negra"- Museo de arte moderno en Guatemala)

viernes, 20 de marzo de 2020

PARA VER.


más gentes

Tengo que ver cómo serán las tardes
cuando por todas partes llueve la tristeza,
cuando vuelvo de todos los rincones
cómo será tu amor.
Tengo que ver delirios en las calles,
en los  cafés,
en los menudos grupos,
de las gentes en colas de transportes
esperando vidrieras,
esperando la luz en las contiendas del silencio.
Tengo que ver porque me siento ciego,
porque me siento sólo y desalmado
y porque el alma ha extraviado el cuerpo
y lo busca sin alas y sin manos.
Tengo que ver porque de ver se trata.
Porque los ojos, porque las miradas
encienden las esquinas de la nada
y sorprenden las sombras y los vientos
Tengo que ver dónde cundió el aliento.

Tengo que ver ¡Por Dios! no me detengan.
No extrapolen mis ganas
cansadas de mentiras,
hartas de los malditos noticieros,
las imágenes rotas, fragmentadas,
por las consignas ebrias de banderas
y borrachas de ritos funerarios.
Para ver hoy me limpio del columpio del miedo;
esta hamaca de sombras incendiarias.
Tengo que ver el corazón del fuego
porque al fin me  atraviesan las distancias.

Para ver hoy me salgo de esta vida,
del carrousel poblado de carretas
que transportan sus agrias soledades,
sus  digestiones de ácidos misterios,
sus digresiones de  extraviados bueyes,
sus falencias oscuras,
óxidos decadentes y líquidas espadas.
Para ver digo
Para ver
Y sólo para ver.

Amílcar Luis Blanco (Pintura de Diego Castellón)

LA LUZ DE TU SONRISA




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Espléndida, la luz de tu sonrisa
pone un cielo de amor sobre mi vida
y al cisne de la aciaga despedida
lo hace fenix triunfal en la ceniza.

Radiante, a todo sol, lustra la brisa
tu blanca dentadura, tu aterida
nieve de niña tímida encendida,
tus pómulos, tus ojos y tu prisa.

Suspendido del alma palpitante
que transparenta tu fotografía
miro tu sonreír y tu alegría.

Pero en tus ojos siento lo distante
de una oculta tristeza vigilante
y de una soledad que no confía.

Amilcar Luis Blanco ( Fotografía de Marilyn Monroe) 

jueves, 12 de marzo de 2020

CASTO y TRÁGICO AMOR



El amor trágico

Hoy dejemos de hablar para mirarnos,
para dejar caer en nuestros ojos
esa silente sucesión de antojos
que Dios puso en nosotros por amarnos.

Hoy entremos al hoy, a preguntarnos
por qué entre lánguidos latidos rojos
anudamos espinas en manojos,
en deseos sin fin, sin entregarnos.

Al casto amor rendimos pleitesía
Trágica luz de luna lo adelanta,
virginal y asexual y allí lo imanta

como duelo sin cuerpos, como vana alegría
de darle a nuestras almas  la muerte y la poesía
de un casto amor latiendo en la garganta.

Amilcar Luis Blanco (Pintura de John Everett Millais, "El amor trágico", oleo sobre lienzo) 

martes, 25 de febrero de 2020

EL DESEO


Deseo y ansiedad de este cuerpo
Amar y no morir en el intento.
Poner la luz, el gesto, la mirada.
Crear sobre el soporte de la nada
la existencia acuñada en un momento.

Ser el Dios propulsor del movimiento.
El único motor, la fuerza airada.
Y no el de Heráclito y la cruel cruzada
fricción entre el torrente y el lamento.

Ser el agua corriente, la gotera,
el latido tenaz del vasto mundo;
el del Aleph total cada segundo.

La historia universal y la quimera.
Y ser la soledad y ser la espera
y el deseo de ser, el más profundo.

Amilcar Luis Blanco ("Deseo y ansiedad de este cuerpo", acrílico sobre tela de Merlina Mendoza)


miércoles, 22 de enero de 2020

HOY



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Hoy tenemos que actuar, estar atentos,
porque el alma se va por las alcantarillas,
las bocas de tormenta, las putas pesadillas;
se alivia de nosotros y de nuestros tormentos.

Quiero decir la vida, los momentos.
Quiero decir la luz, los cafés, las astillas.
Quiero decir actuar en húmero y costillas,
en aguas de recuerdos y de olvidos y cuentos.

Quiero decir que por los mismos dioses,
los de Blake, los innúmeros y los que viven de rodillas,
habrá que arremangarse de sueños y de adioses.

Y quitarse los trajes y quebrar tantas poses.
Atravesar las rejas de cárceles y horquillas.
Construir cada día absurdas maravillas.


Amilcar  Luis Blanco (Pintura de Pablo Picasso)


jueves, 16 de enero de 2020

ELOGIO DE EPICURO





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Hasta donde podamos evitemos el llanto.
Hasta donde podamos evitemos la angustia.
Y la melancolía y también el espanto.
Cultivemos en cambio la azarosa alegría
de saber que, mortales, como la rosa mustia,
vivimos el ahora a lo largo de un día.
Y aunque parezca dura, brutal, la indiferencia,
hasta donde podamos, tomémosla por ciencia.

Epicuro lo supo y evito tentaciones,
prodigarse hacia el mundo como a un jardín salvaje,
donde el revés perverso de engañosas pasiones
agotan nuestras fuerzas y enervan la energía.
Él le puso a su vida lo amargo del coraje
de mantenerse al margen de la lujuria umbría.
Y del placer que otorgan las lágrimas, las risas,
en exageraciones, y en impostadas prisas.

Él detuvo a Dionisos, ebrio entre las locuras,
convertido en Apolo y, equitativamente,
puso un fiel de medida a las pesas oscuras
que la muerte nos pone detrás de los placeres
que pasan a ser sobras definitivamente
y encallan nuestras vidas en sucios menesteres.
Él nos abrió los ojos a las cosas sencillas.
Y nos mostró a raudales sus simples maravillas.

La risa de la rosa rosada por la brisa.
El trino del canario y la voz del jilguero.
La luz de cada luna puesta en cada sonrisa
Y la sombra y el agua y, en el cielo celeste,
la plenitud del día cayendo en un estero.
Y el aire, sólo el aire y lo agraz y lo agreste.
El amor de lo amado sólo por sus virtudes
La lealtad de ser fieles a nuestras actitudes.


Amílcar Luis Blanco