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miércoles, 12 de octubre de 2011

SIESTA CON LLUVIA


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Entre las gotas grises se oyen pasos,
pasos entre las gotas
como notas.
Creciente de la tarde y de la lluvia,
suena la sinfonía,
y ya la entera y larga luz del día
se ha transformado en una tarde turbia.
Entre las notas grises suenan pasos
y caen entre las gotas
con pedazos de tiempo y aguas rotas
golpeando sobre pálidas e ignotas
porciones de silencios, sobre trazos
de sombras y más sombras
y espejos como líquidas alfombras.
Saltan entre los grises transparencias
y en el adormecerse, el ancho viento
barre fantasmas de álgidas ausencias
y mezcla sensación con sentimiento.

Amílcar Luis Blanco

Aquí, en este sueño (Soneto)


Aquí, en este sueño, con la luz de mi frente
sostengo mi contorno entre la niebla
y disipo mi muerte que se puebla
de mi vida posible o inmanente.

Después que la conciencia se apodera
de mi inconciencia parte del silencio
y acompaña la luz con que presencio
la apariencia sutil de una manera.

La muerte que prepara los minutos
para nuestra ausencia mas sincera
nos corrige dibujos diminutos,

nos devuelve una imagen verdadera,
la que erra cegada de absolutos
la que sufre y se rie y desespera.

Amílcar Luis Blanco.

lunes, 10 de octubre de 2011

TU CORAZÓN LATE


Tu corazón late pupila de los cirios
que se encienden y brillan tocados por la altura
y recorre las rosas y los lirios
desplegando una lánguida diablura
con ímpetu de brisas, melodías y escalas.
Tu corazón bate la sal con ritmo de alas
y alimenta las ganas en tus pies y tus manos
para tus desplazamientos de amor y de torcaza.
por macetas y tiestos y plantas y veranos,
e ilustra las ternuras que pones en tu casa.
Eres pura alegría de líquida diadema
de rubíes, diamantes, de pétalos ufanos
y enriqueces mis sueños y es mi obsesivo tema
sentirte alguna vez arcilla entre mis manos.
Sopesar en mis palmas tus fabulosos senos
y después deslizarlas sobre el nácar y el fuego
de tu piel a la urna de tu apetito ciego
donde hay labios de lava de volcánicos pliegos.
¡Ay, mujer cuántas noches encenderás mis años
dejarás que mi sed fatigue en los estaños
esas mieles de whiskys del color de tus ojos
que le inspira tu ausencia a mis instantes rojos
cuando por extrañarte sufro y bebo
y me alegro después porque te llevo
dentro de mis recónditos antojos.
Te espero inútilmente, inútilmente,
en el recodo de la carne oscura,
donde la agonía es más poniente
donde la humedad más sed procura
y donde la sonrisa de la gente
puede echar un sarcasmo a mi locura.
Y aún lo nuestro es posible porque todo
siempre es posible de un extraño modo.

Amílcar Luis Blanco

domingo, 9 de octubre de 2011

AROLAS, EDUARDO (Biografía)



Por Ricardo García Blaya


Bandoneonista, director y compositor
(24 de febrero de 1892 - 29 de septiembre de 1924)
Nombre real: Lorenzo Arola
Apodo: El Tigre del bandoneón

Más de Arolas:


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Volcán un tango inédito
Arolas y Gardel


Todos los tangueros tenemos una particular visión respecto de los valores de los artistas y esto está bien, nuestros gustos y experiencias personales nos definen en la elección por unos u otros.

Seguramente, cuando hablamos del tango canción, se produce un acuerdo unánime en la figura incomparable de Carlos Gardel, lo que no ocurre cuando la discusión se dispara a las orquestas o al resto de los músicos o cantantes.

El caso de Eduardo Arolas, es otra excepción, su extraordinario talento como compositor, lo colocan un peldaño arriba del resto, lo que constituye un mérito aún mayor si tomamos en cuenta que en su generación surgieron los más grandes creadores de tango. Baste recordar a músicos de la talla de Agustín Bardi, Vicente Greco, Arturo De Bassi, Juan Carlos Cobián, Roberto Firpo, entre tantos otros.

Así Gardel y Arolas, son a mi juicio, la piedra basal del tango moderno, el primero francés de nacimiento y porteño de adopción, el segundo argentino, hijo de padres franceses.

Dueño de una creatividad melódica increíble, irrumpe en la actividad musical como modesto ejecutante de la guitarra, su primer instrumento, de la mano de su amigo Ricardo González, "Muchila".

Pero será el bandoneón el responsable de su consagración y el fiel testigo de su genio y de su vida atormentada.

Unos pocos años le fueron suficiente para componer más de cien obras de excelente calidad, en las que hace gala de una estructura moderna y compleja, llena de posibilidades para los arreglos y las variaciones.

Las melodías no son menos, transmiten melancolía, romanticismo y en algunas, un dramatismo sobrecogedor, pero todas ellas de una infinita belleza, propia del espíritu modernista del autor.

Parafraseando al querido investigador Héctor Ernié, estamos en presencia de “un fenómeno con mayúscula”, que sólo vivió 32 años.

La excelencia tributa en toda su obra, "El Marne", "La cachila", "Comme il faut", "La guitarrita", "Lágrimas", "Maipo", "Retintín", "Viborita", "Catamarca" y "Derecho viejo", este último de un éxito impresionante.

Su primer tema "Una noche de garufa" (1909) fue concebida intuitivamente, “de oreja”, repetida de memoria, ya que no sabía solfeo y menos escribir en un pentagrama. Fue Francisco Canaro el primero que lo ayudó a perpetuarla, haciendo la partitura del violín, luego Carlos Hernani Macchi escribió la parte correspondiente al piano.

En este primer período que culmina en 1912, compuso varios tangos entre los que se destacan "Nariz" y "El rey de los bordoneos", este último en homenaje al guitarrista Graciano de Leone.

En 1911 inicia sus estudios musicales en el conservatorio del maestro José Bombig y en tres años aprende teoría, solfeo y armonía.

Ese mismo año formó su primer conjunto con el guitarrista Leopoldo Thompson y el violín de Ernesto Ponzio, actuando en diversos cafés de Buenos Aires y Montevideo.

Al poco tiempo integra un trío con el gran Agustín Bardi al piano, y el violinista Tito Roccatagliatta y, en 1912, un cuarteto con éste último y el flautista José Gregorio Astudillo y la guitarra de nueve cuerdas de Emilio Fernández.

Al año siguiente es requerido por el director Roberto Firpo para tocar en el cabaret Armenonville del barrio de Palermo y en otros escenarios, para finalmente formar su propia orquesta.

Entre 1913 y 1916, ya con estudios de solfeo y armonía, aparecen sus temas "Delia", "Derecho viejo", "La guitarrita" y "Rawson", entre otros menos conocidos. También el tango "Fuegos artificiales", obra realizada conjuntamente con Roberto Firpo.

Después sucederían incontables viajes al Uruguay, actuando con gran éxito en Teatro Casino de Montevideo, ciudad donde se radicaría para intentar olvidar un drama amoroso que lo marcaría el resto de sus días (ver en La Biblioteca, sección Crónicas, "Apuntes sobre Arolas y su tiempo").


Cuarteto Arolas (Montevideo)

No obstante, volvía frecuentemente a Buenos Aires para cumplir contratos puntuales y presentaciones, pero su autoexilio se repetía al término de cada trabajo.

En 1917 participa como bandoneonista estrella en la gran orquesta surgida de la fusión Canaro-Firpo, formada especialmente para los carnavales rosarinos.

A partir de 1917 y hasta su muerte, escribe sus tangos más famosos, algunos de ellos obras magistrales del acervo cultural de nuestra música ciudadana, me estoy refiriendo a "La cachila" y "El Marne".

De esa época son también: "Comme il faut", "Retintín", "Marrón glacé", "Rocca", "Taquito", "Lágrimas" entre muchas otras.

En 1920 se embarca a Francia y al poco tiempo regresa a Buenos Aires que lo verá por última vez. De vuelta en París, enfermo y alcohólico, muere el 29 de septiembre de 1924, dejando su última obra, la única escrita en Francia: "Place Pigall".

Arolas fue vanguardia en la composición y también en la ejecución del tango.

Su orquesta lucía distinta a las otras, en 1917, comienza a grabar para el sello Victor, donde se comprueba su sonoridad, su brillo y un ritmo de una particular vibración.

Ernié nos dice: «Su marcación rítmica en este período es mucho más elástica, no es tan rígida y denota un mayor vuelo musical, más cantante, mayor caudal sonoro. Resulta –en comparación a las demás orquestas de la época- la más avanzada.»

Después menciona la inclusión de instrumentos no contemplados por otros directores, como el violoncello, el saxofón y el banjo.

El hecho del poco reconocimiento al Arolas interprete se debe, esencialmente, a la mala calidad de los registros discográficos.

Un párrafo aparte para tres de sus obras que no fueron tan difundidas.

Me refiero en primer lugar a "Viborita", de una melodía exquisita que podemos valorar en toda su medida en el registro de la orquesta del violinista Agesilao Ferrazzano del año 1927.

Después "Lágrimas" donde destaco la versión de la orquesta de Alberto Mancione de 1953, con un arreglo respetuoso y delicado de la obra original.

Y, finalmente, "La guitarrita", el ejemplo más acabado de la influencia que la música criolla ejercía en nuestro bohemio compositor urbano. Son muchas las versiones que me gustan de este tango, pero propongo dos: la de Francisco Canaro de 1930 y la de Osvaldo Pugliese de 1954.

En cuanto a sus obras más difundidas e importantes, "La cachila" tiene tantas grabaciones que merecería un capítulo aparte, ya que la mayoría de las orquestas la incorporó a su repertorio. De todas ellas me quedo con la versión del maestro Carlos Di Sarli, de 1941.

Lo mismo podemos decir sobre "El Marne", que además es la cortina musical de nuestro programa radial “Siempre el tango” –orquesta de Osvaldo Fresedo de 1980- pero sin duda se destacan la versión de Aníbal Troilo de 1952 y la de Horacio Salgán registrada al año siguiente.

Arolas fue un genio irrepetible que se renueva permanentemente y que nos conmueve cada vez que escuchamos la hondura de su obra

viernes, 7 de octubre de 2011

LA CACHILA

La pequeña cachila cae y canta,
hace el vuelo nupcial,
y por la flauta fiel de su garganta
echa un gemido lento de violines
con pulsación de piano en los confines,
de piano cenital,
alargando remotos serafines
Y deja un rastro de ilusión fatal

Le silbo a la cachila porque siento
Una mujer de sombra que se va
Fiel y leal, de puro sentimiento
atrapada por siempre en el compás
¿Habrá tenido Arolas una novia
que lo amó hasta el final
y no pudo sacársela a la Parca?
Hay un ritmo de luto y nos agobia
en el piano fatal
y violines que gimen porque abarcan
una rara ecuación de irrealidad.
El vuelo de una mórbida cachila
Que acuchila los cielos sin cesar


Amílcar Luis Blanco

La Cachila (Eduardo Arolas)