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lunes, 9 de agosto de 2010

CULPA PSICOLÓGICA Y LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Los periodistas que dicen sentir miedo a la falta de libertad para expresar sus opiniones porque los medios para los que trabajaban no les han renovado sus contratos, han encontrado rápidamente empleo en radios o canales de televisión que los acogen complacidos y les permiten decir lo que sienten y piensan acerca de todo. Me refiero a Alfredo Leuco, Pepe Eliaschev y Nelson Castro, por ejemplo. Este último, que hace unos días entrevistó por radio al Canciller, Héctor Timerman, no pudo explicarle a su entrevistado por qué, si hay censura, él mismo y los antes nombrados trabajan todos los días y dicen lo que piensan. En realidad, lo que estos periodistas manifiestan, cuando se muestran temerosos, son las culpas subjetivas, emergentes quizá de las profundidades de su inconsciente, por haber sido insinceros, tergiversadores o sesgadores de la verdad al opinar sobre lo sucedido en la Argentina en los últimos tiempos en materia política, económica, social y cultural; la de no haber sido o tratado de ser ecuanimes. Tal vez inspirados en preconceptos o prejuicios, cobardías personales, conveniencias materiales, en muchos casos, han coqueteado con el poder y faltado a la verdad, no han sido claros, valientes o desinteresados. La culpa vuelve por ellos desde sí mismos. Sobre todo porque, mal que les pese, son conscientes de que trabajan para formar opinión pública y que sus fallas morales o éticas se transmiten y propagan como una enfermedad contagiosa o endémica que prende en la debilidad crítica o en las ignorancias de la masa que las recibe como una suerte de vacuna vencida o en mal estado. Aquí, en la Argentina, como lo ha dicho reiteradamente Eduardo Aliverti desde sus columnas en Página 12, donde han desaparecido treinta mil personas que han sido antes torturadas, vejadas o arrojadas al mar vivas y atadas a una piedra, cuando sólo "La Opinión" de Jacobo Timerman o "Buenos Aires Herald" de Roberto Cox denunciaban con nombres y apellidos a las personas desaparecidas, con los monstruosos genocidas de las juntas en el poder, ¡había que animarse!, sostener que ahora hay miedo y responsabilizar al gobierno actual como si éste fuera macartista y confeccionara listas negras es mentir descaradamente. No se puede escapar de la culpa por el atajo de la mentira. El único modo de hacerlo es reconociendo los errores y tratando de ser honestos. Contra la insolencia, la lujuria y la soberbia del poder, el estoicismo, el recato y la humildad de la verdad que, si bien jamás es objetiva, si es honesta siempre cura y purifica.