AMILCAR BLANCO (Blog destinado preferentemente a la poesía propia) Los derechos de autor de lo publicado y a publicar en este blog están reservados y protegidos por la Dirección Nacional del derecho del autor-dependiente del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la República Argentina- Expediente N° 933882
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viernes, 9 de diciembre de 2011
Respiro en tí el oxigeno profundo...
Respiro en tí el oxígeno profundo,
de un amor que me sabe a maravilla.
En el aire tu olor me desensilla
de lo polucionado y nauseabundo.
Hay un hedor que mana, vagabundo,
tiñe el cielo de gris y trastabilla,
cae de las chimeneas, y acribilla
un jardín perseguido y errabundo.
En cambio, cada rosa en tu mejilla
trae un jazmín del cabo trotamundo
que brota de tu aliento y acuchilla
la pesada humedad pútrea de un mundo
que huele a suciedad de pesadilla;
en tu fragancia me solazo y hundo.
Amílcar Luis Blanco (Pintura de Lord Frederick Leighton)
jueves, 8 de diciembre de 2011
NAVIDAD DE LOS POBRES
Llegan las navidades con quilates de ausencias;
las nuevas navidades que son viejas,
estallan en doradas, vívidas apariencias,
enarenan vergüenzas como húmedas almejas
para guardar cadáveres y sombras
de otros goces humanos
en las ramas de pinos como dorsos de manos
bajo verdes alfombras
que reclamaran besos y caricias
y ahora para siempre andarán por la nada
habiendo ya colmado sus delicias,
sin voz, ni movimiento, ni mirada.
Llegan las navidades con sus rostros de niños
y mejillas de lánguidos fulgores
y nos hacen sus gestos y sus guiños
colmándonos de risas y favores.
Antiguas inocencias castigadas
por los fuegos ligeros e irisados
nos punzarán también con sus miradas
de pobreza y tristeza, y engañados
por trémulas candelas, estrellas de colores,
nieves artificiales en estas latitudes
y panes dulces de ácidos sabores
agrios como champañas sin virtudes.
Para que nadie sufra noches de paz dolientes
vienen las navidades al ardiente verano
a mesas desquiciadas y fervientes
y Santa Claus las lleva de la mano.
En los sitios silentes de las plazas
los mendigos esperan caridades inciertas.
En los umbrales tibios de las casas
el muérdago corona llamadores y puertas
y un chasquido de látigos finge raudo trineo
pero el compás enfático, rudo de las carencias,
de navidad disfraza sempiterno planteo,
de ilusión indigesta transidas apetencias.
Amilcar Luis Blanco (San Francisco de Asís, óleo de Bartolomé Esteban Murillo)
las nuevas navidades que son viejas,
estallan en doradas, vívidas apariencias,
enarenan vergüenzas como húmedas almejas
para guardar cadáveres y sombras
de otros goces humanos
en las ramas de pinos como dorsos de manos
bajo verdes alfombras
que reclamaran besos y caricias
y ahora para siempre andarán por la nada
habiendo ya colmado sus delicias,
sin voz, ni movimiento, ni mirada.
Llegan las navidades con sus rostros de niños
y mejillas de lánguidos fulgores
y nos hacen sus gestos y sus guiños
colmándonos de risas y favores.
Antiguas inocencias castigadas
por los fuegos ligeros e irisados
nos punzarán también con sus miradas
de pobreza y tristeza, y engañados
por trémulas candelas, estrellas de colores,
nieves artificiales en estas latitudes
y panes dulces de ácidos sabores
agrios como champañas sin virtudes.
Para que nadie sufra noches de paz dolientes
vienen las navidades al ardiente verano
a mesas desquiciadas y fervientes
y Santa Claus las lleva de la mano.
En los sitios silentes de las plazas
los mendigos esperan caridades inciertas.
En los umbrales tibios de las casas
el muérdago corona llamadores y puertas
y un chasquido de látigos finge raudo trineo
pero el compás enfático, rudo de las carencias,
de navidad disfraza sempiterno planteo,
de ilusión indigesta transidas apetencias.
Amilcar Luis Blanco (San Francisco de Asís, óleo de Bartolomé Esteban Murillo)
lunes, 5 de diciembre de 2011
Elegía pastoral
Quiero atenderte al sur de mi silencio;
donde el ojo de aguja del olvido perfora la memoria
y sentarme a escucharte con asombro
como cuando era un niño
y todo me importaba y me latía.
Porque entonces mis ojos, mis oidos,
remontaban la luz de las palabras;
establecían
una continuidad con el origen;
me metían
dentro de inacabables maravillas.
Hay un lugar frugal de la vigilia,
exenta del estrés y los formatos de las hipocresías
donde el amor difunde su ilusión, su contacto,
su vibración de cuerda o de campana
y anda en puntas de pies
y no despierta
la alelada vorágine del llanto.
Un lugar maternal en que respiran
las nereidas, las ninfas y los faunos;
pastoral, como el canto de Beethoven,
hilarante de días y noches consteladas
con diademas de estrellas que se ciernen
con los brillos de todas las miradas.
Ver, escuchar, con la virtud del niño
que paladea el lento paraiso
de su helado tamaño de montaña,
sumido en el asombro total y convertido
completamente en parte del paisaje.
Oir cantar los pájaros sin ruido
y verlos ya en el canto.
Esconderme, mezclado en los objetos,
ser sólo percepción y confundirme
con el viento, la luz y el horizonte;
ser un punto infinito en el espacio.
Amílcar Luis Blanco (Pintura "Poseída" Obra de Ernesto Rios)
domingo, 4 de diciembre de 2011
Detenido en la noche
Detenido en la noche,
a medias congelado,
adentro de un Café,
como en una pecera,
debajo de la luz fluorescente,
soy una pregunta que arde
quemándome en la soledad.
Nadie se detendría a contestarme.
A decirme: "Amigo, vea que lo que lo aflije
nos preocupa a todos. Su vaso está vacío
y alguien, si lo desea, lo llenará de nuevo
con sabores que usted no conocía"
No. Nadie. Contra la soledad ninguno se atreve.
Por otra parte ¿Para qué?
El mundo no es más que un Café en la noche
y en la soledad imperecedera
de una pregunta que nunca se contesta.-
Amílcar Luis Blanco (Pintura "Halcones de la noche" o "Noctámbulos" de Edward Hooper)
viernes, 2 de diciembre de 2011
ALMA DE BOHEMIO
Echarse vivo y en silencio al fragor de una causa.
Sentir cada centímetro de soledad sin pausa
cada vez que el torrente fluye fuera del tallo
Lamentarlo en la luz de la sonrisa,
dándole ojos de viento a la menuda brisa
simulando paciencia hasta el desmayo
de todo lo vivido sin ensayo,
hasta la descompensación del equilibrio
del ángulo que somos para el mundo,
inexplicablemente.
Untarse soledad sobre la piel, quitándola de la mirada
o de las comisuras decadentes de los labios marchitos;
de la exhaustiva nada
de los ritos
o de las mismas líneas de la frente henchidas de horizonte,
o del cadalso siempre sibilante y bifronte
arrumbado entre ruinas
hechas de una sustancia de tiniebla superior al hastío
con rubíes de sangres jacobinas
y por eso propensa a levantarse
para irradiar el pánico de nuevo y congelar el frío.
Y la tortura en paz de humanizarse,
sabiéndose tan sucio y vulnerable como el sol del estío.
Amílcar Luis Blanco
Sentir cada centímetro de soledad sin pausa
cada vez que el torrente fluye fuera del tallo
Lamentarlo en la luz de la sonrisa,
dándole ojos de viento a la menuda brisa
simulando paciencia hasta el desmayo
de todo lo vivido sin ensayo,
hasta la descompensación del equilibrio
del ángulo que somos para el mundo,
inexplicablemente.
Untarse soledad sobre la piel, quitándola de la mirada
o de las comisuras decadentes de los labios marchitos;
de la exhaustiva nada
de los ritos
o de las mismas líneas de la frente henchidas de horizonte,
o del cadalso siempre sibilante y bifronte
arrumbado entre ruinas
hechas de una sustancia de tiniebla superior al hastío
con rubíes de sangres jacobinas
y por eso propensa a levantarse
para irradiar el pánico de nuevo y congelar el frío.
Y la tortura en paz de humanizarse,
sabiéndose tan sucio y vulnerable como el sol del estío.
Amílcar Luis Blanco
ORFEO Y EURÍDICE
Hierve la sangre, alienta, sin encontrar su tope.
Circula incontenible por mis venas y vasos
ardiéndome por ser entre tus brazos,
el potro que despliegue su visceral galope.
Urde la sangre el ansia del temulento choque
y busca el laberinto, guía para sus pasos,
que lo lleven al sitio donde aferren sus lazos
nuestras manos y labios sellen ebúrneo bloque.
Si, Eurídice, me esperas por mor de que te toque
y haga temblar la fiebre que vibra en tus costados
traspasaré la niebla sobre el leteo. Enroque
con Hades mismo haré y en su estigio mis hados
me reunirán contigo cuando blanda el estoque
de mi órfica pasión en los eternos prados.
Amílcar Luis Blanco (Pintura de Gustav Moreau)
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