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lunes, 5 de diciembre de 2011

Elegía pastoral


Quiero atenderte al sur de mi silencio;
donde el ojo de aguja del olvido perfora la memoria
y sentarme a escucharte con asombro
como cuando era un niño
y todo me importaba y me latía.
Porque entonces mis ojos, mis oidos,
remontaban la luz de las palabras;
establecían
una continuidad con el origen;
me metían
dentro de inacabables maravillas.

Hay un lugar frugal de la vigilia,
exenta del estrés y los formatos de las hipocresías
donde el amor difunde su ilusión, su contacto,
su vibración de cuerda o de campana
y anda en puntas de pies
y no despierta
la alelada vorágine del llanto.
Un lugar maternal en que respiran
las nereidas, las ninfas y los faunos;
pastoral, como el canto de Beethoven,
hilarante de días y noches consteladas
con diademas de estrellas que se ciernen
con los brillos de todas las miradas.

Ver, escuchar, con la virtud del niño
que paladea el lento paraiso
de su helado tamaño de montaña,
sumido en el asombro total y convertido
completamente en parte del paisaje.
Oir cantar los pájaros sin ruido
y verlos ya en el canto.
Esconderme, mezclado en los objetos,
ser sólo percepción y confundirme
con el viento, la luz y el horizonte;
ser un punto infinito en el espacio.

Amílcar Luis Blanco (Pintura "Poseída" Obra de Ernesto Rios)