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domingo, 11 de diciembre de 2011

Manejando en la noche





Escondido en la tierra como raíz desnuda
y en el aire y la sombra como un tallo
soy el árbol que quiere su verdura
o el desmañado espectro de un caballo
que quiere del galope su soltura;
y eso porque consciente de que avanzo
me enclavo en lo profundo de mi asiento.

Para quererme bien está la luna,
su argumento de blanco;
el almidón que tiñe la espesura
y esos parantes, patas de flamenco,
que paran el desierto a los costados
o lo ponen en luz y movimiento.

O tal vez, el albor, la madrugada;
esos bordes o labios o fronteras,
besándose entre cielos y distancias,
ese latir de estrellas gemebundas,
mientras guío al volante mi automóvil
preso de mi ensimismamiento.

Manejo entre la noche y el desierto,
entre el dormir ajeno y la vigilia
de mis ojos abiertos;
sedientos de la fina madrugada
y del frescor altivo que se alza
como un licor de rosas en el viento.

Hasta voy perfumado yo diría
Hay un alcohol puliéndose en el aire,
limpiándole la médula al silencio
y un amor de jazmín y de azahares,
volcándose, saliéndose, y lo siento
Contengo el galopar de los latidos
Mi corazón abarca mis sentidos
y reina, en su extensión, mis sentimientos.

Amílcar Luis Blanco