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lunes, 12 de abril de 2010

BANDONEÓN

Aire, voz, alma pulmón,
conversan, cuchichean,
espoleadas por dedos, apoyándose,
cuando los botonean,
en un vibrar de pétalos con garra.
El bandoneón,
en ayes rezongones va quitándose,
silencios, soledades, lucha, farra.
Las notas entre nácares y alfombras,
salen, raspan despacio la madera,
soplan adentros de cartones,
huyen hacia las sombras
y devuelven entera
una sonoridad de callejones,
¡Cómo suspira amor por sus pulmones!
Y se despeja de agua y de fatigas,
en fugaces cenáculos de vientos,
surgidos del reposo en súbitas espigas,
en escalas y tientos,
cuando manos amigas,
despiertan la interna quietud de sus arcones,
remueven sus humores,
los mutan a tormentas,
los cambian de alegrías a dolores
los hacen tiritar como osamentas
y les muestran las lunas y los soles,
o los cargan de lágrimas y alcoholes,
para que todo el alrededor nos haga la coartada,
la gastada coartada de la orquesta
que en maderas y vientos y en cuerdas
sufra por nuestra cuenta, nos alegre la fiesta,
llore por nuestra muerta más amada.
Bocinas,
degüellan,
atropellan,
por todas las esquinas
y es como si llamaran y cantaran las sirenas olímpicas y finas;
afiatadas sordinas
por la que tu sonoridad de corazones
devuelve las esquinas
me sienta hecho purrete en los cordones
de barrios asolados y perdidos.
Escucho sus latidos;
las ráfagas de tiempo que blanquearon mis sienes
y, en distancias de rítmicos andenes,
me desplazo hacia lánguidos sentidos
por anchas avenidas de compases
y síncopas armónicas y enlaces
con las cuerdas que vibran extendidas,
acompañando sus bufidos fangos,
sus mujeres perdidas,
en pizzicatos de milonga y tangos,
largas y sostenidas,
en estelares rangos,
en urentes heridas.
El bandoneón respira a fuelle y camina en tamangos
sobre el absurdo afán de nuestras vidas.