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miércoles, 28 de abril de 2010

A Mario Paolucci, in memorian.

La bronca, la pasión o la alegría,
no toman ya tu gesto o tu recato
o la voz de un cantor la melodía,
lleva hasta tus oídos de obsesivo,
llegando a conmover con su vibrato,
alma de jazz y tango, Mario amigo.
Pero quedó en nosotros para siempre
tu calidez porteña. Fui testigo
de tu apretón de manos, de tu fiebre,
hecha para la vida trashumante
de poeta, señor, y claro orfebre,
de corazón valiente, de elegante,
cultivado, finísimo, atorrante;
todo un Quijote de álgida memoria
en un café explicándonos la historia
de instrumentos, orquestas y cantores.
Convidándonos bien con tanta gloria;
con letras, partituras, con autores.
¡Vos, hincha de tanguísimos amores!
Luchaste con molinos del olvido
Y quedaste, por aspas y confines,
por gigantes de sombra, malherido.
Llevado por tu mano a cafetines,
a lugares alzados que brillaron
en el reciente ayer de nuestros días,
pisé las chatas sombras que orillaron
lo que fuimos y somos en porfías
que todavía duran. Debo agradecerte
que me dieras tu luz y esclarecieras
este lugar de borde y claroscuro.
Ya que, aunque te hayas ido, no dejaré de verte
Tampoco, mientras viva, que te mueras
Vos no estás con la muerte, estoy seguro!

Amílcar Blanco

08/10/2008