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martes, 9 de agosto de 2011

La danza de las doce princesas.-







Siendo niño, después que me dormía,
desde un cuento entraban a mi sueño,
iluminándolo bajo mi ceño,
de a veinticuatro ojos,
como horas había tenido el día
doce rostros de huríes veladas con antojos
de unirse a una lejana melodía.
Entonces se juntaban
sus cuerpos deliciosos
en deslumbrantes gozos
y daban gusto en mi durmiente boca
a evanescente luz que se desliza,
a luz de blanca luna creciente como copa
a punto de volcarse entre la brisa.
Había un lago con doce príncipes en canoas
que llevaban a doce princesas en sus sillas
y envolvían sus cuellos en las fastuosas boas
y ocupaban sus noches, pasos y maravillas
para dejar exhaustos sus pequeños zapatos
en apolíneo baile de valses y boatos.
Atravesaban antes tres bosques de manzanos
y tomaban las frutas en sus ardientes manos.
Al pie de las mañanas quedaban los calzados
no sólo destrozados
porque a la vez,
intrigando las dudas de su paterno juez
cual si fueran doncellas,
incólumes y vírgenes como ellas,
quedaban los minutos azules y gozados
como si fueran retos
surtos a paraísos posibles y secretos
que el padre recelaba.
Entonces su ira se encrespaba
como un rayo cayendo sobre un árbol
la vigilia a sus hijas las callaba
como a estatuas de mármol.

“Los días son para los galanes”
- decían las lenguas chismosas –
Y los noches, ocultas, misteriosas,
para las muchachas principales,
licenciosas.
Para nosotras nada”

“Para ustedes será la bofetada
si no callan” – decía el padre rey.
“Al que descubra ese misterio de los zapatos rotos
yo le daré una hija bien amada
y habrá nutridos cotos
de haciendas y de cazas para él”

Se sucedieron pretendientes
Sin cesar fracasaron.
Hubo uno
que no bebió del vino que obedientes
los demás aceptaron
y siguió, solapado y oportuno,
los pies de las princesas bajo el cielo estrellado
y descubrió el misterio más guardado:
el calzado se ajaba
porque el baile sin tregua lo gastaba.

Hoy día ya no salen las princesas
hacia el bosque encantado
y aquél creciente niño que tras las sobremesas
de las siestas leía ese cuento extractado
de aquél “Tesoro de la juventud”
Mantiene la ilusión de lo soñado
absurdamente y en la senectud.

¿Habrá un baile encantado después de cada vida?
¿Bosques que lo precedan hasta el estigio lago?
¿Una princesa de azahar vestida
únicamente para nuestro halago?
No sabemos,
en cambio, suponemos,
que los cuerpos dejados después de cada muerte,
que han bailado sin duda bien despiertos
y habido de pareja maltratadora suerte
merecen goce eterno bajo cielos abiertos
y bailes con princesas de infinita fortuna
bajo una inextinguible luz de luna

Amílcar Luis Blanco