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martes, 1 de mayo de 2012

ÉGLOGA DE AMOR.-




¿Cómo decir por qué, cuánto te amo?
Mi corazón desborda mis palabras.
Tal vez porque las tuyas han cruzado
por la región sombría, donde clamo
en horizontes grises y tú te abras
en otro cielo mío nunca hollado
virgen aún para mi mismo, ignoto,
y sólo a mi intuición anticipado,
dentro de un sueño de placer remoto
ahora y por tus versos intimado.
Al ser uvas que te han dulcificado
y savia que te cura y pone coto
a las llagas de amor ya del pasado
de un oriente perdido, exangüe y roto.

Al amar se inauguran los deseos,
los signos, las señales; una orilla
engrandece sus márgenes y anilla
dos cuerpos que se sienten sin arreos
para vencer sus límites; costillas
uno del otro, danzas, devaneos
cumplidos en secretas apostillas
y hasta en declaraciones y gorjeos,
pactos de ángeles hechos a hurtadillas
paraisos abiertos en tus ojos, tus labios,
nada más, por mirarnos, hechos sabios,
de infinitas paciencias, pantagruelicos goces,
lánguidos, intangibles,  lascivos y feroces.
Pero tiernos y amables, sin penurias ni agravios.

Te amo con la íntima osadía
de un ángel que se interna en una orgía
de esperanzas, absurdos, incógnitas, azares,
y anda en calles con rumbos ignotos y dispares,
buscando con mis ojos tu mirada ambarina
y atrapar en mis manos el sol de tu cintura
y en mi boca tu boca como copa y sentina
de tus aguas amargas para darles dulzura.
Te busco en la pasión y la locura
de pretenderte mía contra viento y marea,
y alzo mi corazón como una roja tea
y sus fibras de fuego nos ligan en la altura,
nos dan tema, coraje, sitio, idea,
anclaje en el amor y en la ternura.



Amílcar Luis Blanco  (Pintura "El amor de las almas" por Jean Delville)