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lunes, 26 de noviembre de 2012

Tus lágrimas
















Tus lágrimas pudieron con el miedo y es por eso que ahora
emerjo limpio de tu mirada como un hombre desnudo
apoyándome en fantasmas sólo visibles a las palomas o los benteveos
o los búhos y gorriones que van despoblando la luz de la tarde
Me gustaría entonces que me dijeras algo
me preguntaras por los días y noches de mi ausencia
por mi manera de haber visto los manteles y cubiertos sobre las mesas
y las últimas películas premiadas y destinadas al olvido
o el rugido del mar en las arenas contra las rocas blandas

Tu llanto  lavó de sombras sucias el cuerpo imaginado
coincidente sobre todo en ojeras y pestañas y axilas
con el que me persigue en el espejo y es un recio espía de mis preguntas
el manso ser escribidor de prolongadas intenciones
y manos apenas para llegar al ordenador de las ideas
el que solemos entregar a las acreencias de los cuervos inmunes al fracaso
pululando picando estableciendo tablas para medir una porción de cielo
Hizo de mar de olas tu melodioso llanto y pulió mis tristezas

Inútilmente oblicuos intrépidamente sabios de una ignorancia sutil
carcomas de las fruslerías bártulos y sarcomas de plata
de anillos inacabables y crecientes desde los amaneceres hasta los ocasos
pero siempre enamorándonos de mariposas centrales portadoras de primaveras
sumidas y asumidas en y por los neones y las propagandas en vídeos
y las pantallas voraces cuyas bocas comen de todas partes
y enloquecen el éter de radiaciones y tristezas cifradas en los raudos itinerarios de la luz
Sin embargo el fulgor compungido de tus lágrimas iluminó el destierro

Vuelvo al volver la tarde emerjo y me suplanto en el arrabal de los espectros
encendido de niebla y gasa gris de nebulosa esmerilando cristales a diestra y siniestra
dando palos de sombras contra sombras absurdo e irascible y virulento
haciendo las veces de los espantapájaros en las silenciosas soledades
hechas de puros pasadizos de vientos sin nadie contemplando los costados
solo y absurdo y mudo e invisible y virulento y esperando por siempre
las estrellas de agua redimente redoma del melodioso centro de tu llanto.


Amílcar Luis Blanco