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sábado, 23 de marzo de 2013

Las señoritas de Aviñón.
























Ángulos de la carne,
y miel de la ternura y la tristeza
en un cartel de rostros de lograda simpleza,
codos apalancados,
ojos cayéndose ya sin sus ojeras
secos, redondos, miran por sus huecos,
o sólo por la tez de la negrura,
pubis hechos de hoyos apenas insinuados
o cubiertos,
ovillos de penumbras
y cabelleras lacias esmaltadas
y trazos convertidos en preguntas.

Encuentros de caídas en los rostros,
hiatos iluminados destruyendo las curvas,
o destacándolas como lo frágil,
explotando las fiebres de las oscuras lineas,
descenso vertical de la esperanza
y sobre todo desnudez que tiembla,
desnudez tropezándose en lo oblicuo
apilando su arcilla contra el tiempo,
un atreverse en ciernes detenido
de escudos verticales contra todo derrumbe.

Ya no se sufre y el alegre sitio,
el sitio repartido y encuadrado,
nos presenta las galas de los cuerpos
jóvenes, bellos, pero despojados,
con volúmenes arduos que lastiman
romboidales, agudos,
y aún desde sus grupas y sus vientres,
esviscerados.
Frivolidad efímera,
por siempre cúbica y desfigurada
de la mujer que sufre largamente golpeada.

Amílcar Luis Blanco ("Las señoritas de Aviñón" por Pablo Picasso)