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viernes, 14 de agosto de 2015

TANGO



Magia de bailarines envueltos en el tango,
en las piernas del tango.
En esos malabares del torso y de los brazos
mientras los pies avanzan
ceñidos a las glorias y figuras y trazos
de impulsos y de giros y de alianzas.
 Universo en sus manos
y universo también entre sus almas.
Ellos bailan desnudando los aires,
despojando las almas de preguntas insomnes.
Ellos bailan y afirman sus silencios,
todo el silencio en  lánguidos arpegios
untados de violines
y en hondo son marrón de contrabajo.

Ellos bailan y libres se armonizan.
Y no son sólo cuerpos
y no son sólo giros y trompos de silencio.
Hay gritos encajados,
soledades que riman con la muerte,
angustias ancestrales.
Y ese temprano augur que no se duerme.
El fementido ángel.
La pista se hace cielo, se despeña,
hecha flecos consiente
ser la pollera azul que se levanta
sobre la carne hiriente.
Y hay un puñal de muslo en cada sombra
un fanal de luz siempre.-

Y ese ritual carnal de fuego y alma
enciende la  tiniebla
de rojo carmesí; membruda calma,
sumiéndose en la niebla.
Canta al bailar y porque baila enjuga
la garúa del llanto
y humedece las grietas cuando fuga
su visceral encanto
entre las piernas aspas de una mujer
y ebúrnea en luna sacia
la enfática manera de perder
para ganar la gracia.

Amílcar Luis Blanco  (Oleo sobre tela de Vivian Azconeguy)