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domingo, 20 de diciembre de 2015

EL ODIO




Hombre y mujer cayendo 
cada noche
en nuestros cuerpos
y cayendo al final
de los naufragios
también y para siempre
en nuestros cuerpos.

Antes de ello, digo,
me pregunto,
¿Por qué dejar caer nuestra inocencia?
Ese fuego de paz de la inocencia.
Esa pasión al rojo de la paz
que todavía late entre nosotros
y es nuestra  sangre viva.

¿Acaso porque abajo clama el odio
con sus fauces abiertas,
sus colmillos y dientes
y su apetito de fracasos
y calamidades
y ejerce, 
aunque no queramos reconocerlo,
sobre nuestras débiles contexturas,
una atracción de imán,
un vértigo de abismo?

Y si por fin  tanta inocencia,
ingenuidad,
tolerancia,
como pájaro, 
herido,
cae.
Comienza uno a caminar en un desierto
de odio
y ya no puede nunca
ascender
como un ángel.

Hay memoria de haber sido ángeles
en cada uno de nosotros.
Esa conciencia del sagrario,
en las rosadas auroras,
en los rojos crepúsculos.
Ese sentirse agua y ser de agua
bajo las lluvias abundantes
o cuando sumergimos nuestros cuerpos
en el mar,
en un río,
en la piscina 
del parque de un amigo
y sentimos la plenitud de una
amorosa
soledad
libre.

¿Cómo asumir entonces luego el odio
tan plagado de erizos,
espinas, brasas, polvos,
sobre nuestro cuerpo, nuestras manos,
cuando las otras ansiosas,
las del odio,
procuran
aferrarnos?
Degustar ese acibar
en la poca saliva
que no pasa
por el trago sin fe
de la garganta.
Que además nos aherroja
y esclaviza
en su mazmorra turbia
y nos despoja.

Quienes estamos vivos
todavía
ansiamos la frescura,
la libertad
del aire,
lo azul del firmamento,
el verde tan intenso
de las arboreas copas,
espumándose siempre
hacia la altura.
Anhelamos el agua,
esclavos de su sed,
en tanto nos consiste.

El odio es ese bruto,
celoso o seductor
que nos muerde
hacia dentro
y nos lastima
en la carne y la sangre.
Enfermedad llegando
desde fuera
hacia dentro.
Y nos saca del aire,
de su azul.
Y nos quita los verdes de las frondas.
Y nos seca por dentro
y nos hace impermeables
al agua que resbala
a  la sed que se apaga.

Siendo que abajo,
 al caminar,
al vernos, al oirnos, al conversar,
debemos eludirlo y a veces
él nos gana de mano,
 se cobra la partida
como un tahur experto.
Oscurece sin fin la luz de la inocencia,
ese fuego de paz de la inocencia.
esa pasión al rojo de la paz,
que todavía late entre nosotros
y es nuestra sangre
viva

Amilcar Luis Blanco ("La caída del ángel", pintura de Marc Chagall)