
La sedienta y astuta,
proveedora del cuerpo,
cuerpo a cuerpo,
hundiéndonos en magma silencioso,
la voraz densidad de la materia;
ese barro esencial que nos sustancia.
Ella es la sombra núbil y escondida,
víbora lujuriosa,
trepándose al instante suspendido,
a la erección que el tiempo nos propone
y la que sorbe nuestra leche amarga
y se derrama blanca en la sonrisa.
La fémina potente,
odorizando nuestro olfato instintivo,
guiándolo en las noches del hastío,
lúbrica entre las hojas del estío,
la que pone su pie delicadísimo
y en el franco estertor su palma de ave.
Jamás la cazaremos en selvas o ciudades.
Ella media en los cruces de caminos
con las pardas lechuzas y las hadas
burlándose de esquinas y portales
y estaños y preguntas ancestrales.
Y nos ayuda ciega y ruborosa
en aciagos destinos.
Amílcar Luis Blanco
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