Google+ Badge

Google+ Followers

Seguidores

Translate

sábado, 15 de mayo de 2010

HYDE TRANSFORMADO EN JEKYLL O EL TRASVESTISMO DE LA BARBARIE DE LAS DERECHAS.- Habitante de un remoto planeta, distanciado a millones de años del actual, hubo seguramente un antepasado nuestro parecido a Mauricio Macri, carente de memoria, tuvo sólo la inteligencia de lo inmediato, de aquello que le quedaba más cerca; era vivo, avispado, atento únicamente a sus conveniencias. Los árboles, las piedras, los otros animales, de algunos de los cuales debía cuidarse inventando astucias de poco momento y probada eficacia, no le depararían muchos instantes de contemplación estética y evocativos placeres, sólo actuarían como marcos referenciales que contribuirían a mantenerlo concentrado en la supervivencia de su yo, y, por supuesto, también de sus posesiones. No lo distraerían todavía disquisiciones teóricas demasiado complicadas, ni sentimientos solidarios o amorosos, siempre más próximo a sí mismo que a los demás. No había libros, películas, Internet, medios gráficos. La floresta era un reino sin abstracciones a la vista, era la naturaleza en estado puro, salvaje; un hogar apto para la extrema libertad sin concesiones, sólo practicable para su astucia y la convivencia con los demás miembros de su especie con quienes, poco a poco, concediendo porciones de defensas reflejas y egocéntricas, debería ensayar también prácticas colectivas de supervivencia en las que iría aceptando las existencias y necesidades de los otros sin abandonar el recelo y cuidado de sí mismo y sus bienes.- Hoy día, el desenvolvimiento histórico de la mente individual y colectiva, las culturas, han acotado aquél antiguo reino donde la insignificancia y el terror convivían en asimétrico maridaje con la libertad y la astucia primitivas, pero lo ha reemplazado por mundos no menos inquietantes. El cavernario planeta de Hyde, la bestia que apenas superaba sus impulsos y los orientaba a la satisfacción de sus necesidades yoicas, desconfiando instintivamente de las costumbres autocomplacientes de sus semejantes, se ha transformado en el brillante y frívolo mundo del doctor Jekyll, tan pantanoso y plagado de peligros como la primitiva floresta, pero mucho más sutil y engañoso, en el que la memoria suele ser la única garantía para no caer en las trampas que tiende una cultura que no cesa de parir monstruos o engendros que provienen del cenagoso pasado cavernario y se disfrazan o trasvisten con ropas elegantes y hablan jergas adaptadas a la moda de lo que se usa y dice. En realidad esas criaturas han bebido el filtro que sólo exteriormente transforma la bestia en hombre, pero que interiormente la deja intacta. Como dice Serrat: “entre esos tipos y yo hay algo personal”.- Ebrios de un poder primitivo, exentos de recuerdos que hayan madurado en experiencias que rematasen en ideas o pensamientos evolucionados que mejoren sus concepciones éticas, estéticas y espirituales, siguen conduciéndose con relación a los demás, sus congéneres, con la misma desconfianza, recelo y desprecio con el que los mirarían y escucharían en el interior de una caverna, sin contemplaciones de ningún tipo, sin respeto; espiándolos, manipulándolos, seriándolos, usándolos. Tal como hasta hace poco hizo Macri, aprovechando su poder y su relativa impunidad, junto a un equipo cómplice que le garantizase la pervivencia de ese pequeño y cercano poderío, al pinchar teléfonos e incurrir en escuchas ilegales. La vuelta de lo salvaje al sofisticado mundo de la civilización. El sueño de la barbarie reivindicada pero disimulada hipócritamente.
“Civilización o barbarie”, la vida de Facundo Quiroga, desde la perspectiva de Domingo Faustino Sarmiento, constituyó una contraposición clara y franca entre lo que el autor caracterizó también como atraso y evolución. No tuvo, ni hubiera podido tener en el siglo XIX, una mirada freudiana entre contenidos latentes y manifiestos que llevasen a suponer un enmascaramiento inconsciente entre estos dos estigmas antitéticos del alma que él clasificó como nacional pero que, en realidad, es ecuménicamente humana o, por lo menos, predicable del psiquismo occidental desde la antigua Grecia. Este maniqueísmo sigue siendo el legado de nuestra memoria histórica y alimentando nuestro imaginario. Seguimos pensando y considerando que todo populismo encierra un primitivismo negativo y contraproducente y lo estigmatizamos como reaccionario. Esta dicotomía entre el alma popular y el espíritu egregio, reforzado todavía en las primeras décadas del siglo XX con la lectura que Ortega y Gasset hizo en “La rebelión de las masas” del fenómeno social y político que significó el ascenso del proletariado a un rol protagónico en las comunidades de Occidente, tuvo también en la Argentina a su epígono que fue José Ingenieros que, en “El hombre mediocre”, identificó al integrante de las multitudes con el individuo fronterizo, detenido entre la necesidad y el deseo, sin ambiciones, cuyas ineptitudes para diseñarse un futuro y triunfar consideraba innatas. Alguien obnubilado por el progreso que carecía de la energía suficiente para sumarse a él y, además, destacarse, sobresalir, diferenciándose de la anónima y anómica multitud.
Un residuo de semejantes equívocos, infundados y reaccionarios, subyace en la memoria de la derecha argentina, informa sus comportamientos, inspira sus gestos y palabras, nutre sus soberbias, infla sus vanidades, canoniza sus ínfulas y se regodea en las jactancias de sus privilegiados e influyentes miembros que se sienten impunes, impolutos, egregios, selectos, superiores y en realidad son primitivos, despóticos, intolerantes, xenófobos, cuando no simples imbéciles con poder, y alientan reacciones oscuras y perversas. Verdaderos señores Hyde que se disfrazan de doctor Jekyll.-