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miércoles, 5 de mayo de 2010

La culpa, ardua y constante,
llueve sobre mi vigilia
diletante,
y descarga y concilia
absurda eternidad,
agua pesada de crueldad.
El dolor, su substancia, una ceguera,
es la noria sin ojos de cualquiera;
cava el pozo extractor de la memoria
y la mezcla con gloria,
doliéndome también,
y rotula mis miedos cuando asoman
con un críptico amén.
Pero siempre me toman,
sin variaciones
sobre una cordillera de ilusiones,
en la que los abismos
están sólo escondidos,
de sí mismos;
arrodillados y ateridos,
esperando sus presas de castrados escrotos,
en acotados cotos,
aguardando caídas,
entre rocas y heridas,
sílabas y mecanismos que se precipitan
y, como si hubieran sido flores, se marchitan
sin remedio, porque todo ha sido dicho,
y contradicho
todo ha sido dado y hecho
y deshecho.
Ambos, culpa y dolor de diario acecho,
me llevan a la máquina de escribir en ciernes;
mi antigua máquina de pensar
y loquear,
al adjetivo y auspicioso viernes
del sustantivo lunes depresivo,
a dedos sobre teclas hablando sin cesar,
y, anónimo, a las almas que tipean papeles
y recluyen los sueños en tiestos con claveles,
dejándose embalsamar;
a las pantallas blancas de los ordenadores
a palabras, palabras, a séquitos de oidores
y me siento el marino que otea un horizonte de inacabable mar.