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martes, 18 de junio de 2013

Tú en la penumbra




















Tú en la penumbra, en las paredes descascaradas,
en el miedo violeta que colorea el cielo de la tarde,
me tienes detenido como un vagabundo sobre el césped,
atiborrado de nublados y tristes y derruidos bajorrelieves
en una ciudad antigua y vacía en la que nadie me conoce.

Mi fortuna no existe ni ha existido fuera de ver tus ojos
y de desear tus lúbricas caderas asomándose a los balcones
mientras tu espalda juega y elude las miradas y las frentes,
levantándose ansiosas y hay un bosque de brazos y de manos
y eso ha sido y será todo; el sabor de la nada en la garganta.

El sabor de la nada descendiendo de las preguntas de fuego,
el absurdo escudriñándome para condenarme a la locura,
que corre y grita y lastima las horas blandiéndolas en los tendederos,
de donde cuelgan espantapájaros,  fantasmas y lencerías y denuestos,
y aún mi vida toda entera convertida en camisas y banderas.

Hay un desprecio lento del deseo y estropea los días,
apaga los faroles, seca las aguas, acrimonia y ralenta los fluidos,
hace huir la tibieza de los lares, la intimidad que aviva los alcoholes,
y quita lasitudes a los cuerpos del viento queriendo avecinarse,
para que tú dispongas el regazo, los senos, sus frutillas,
y hasta el arco debajo de tu vientre y la encendida y alveolada rosa
donde tu sangre canta cuando quiere para inmolar el grito.

Amílcar Luis Blanco ("Frau magiare" por Egon Schiele, 1915)