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martes, 6 de agosto de 2013

LA ABEJA REINA
























Buscando en lo visible lo perverso
de tu alma invisible entre el gentío,
quizá los pliegues densos, el anillo,
de tu atezado sexo;
en una Disco, en el altar del fuego, 
del alcohol o la droga o el estiercol,
en el sitio de todos los no encuentros,
donde el arduo rock o el pesado metal
de lo tamborilleante y percusivo abochorna.
En los baldíos de la soledad,
en el roquedal de los corazones muertos,
quiero decir con pulso mas sin alma,
en el jardín de las flores efímeras que entregan
su pizca de eternidad, su silicio de polen

Quiero decir donde los labios florecen
para atrapar los insectos y las volutas del tedio
y las bruñidas copas de los senos se muestran
para brindar contra ellas ansiedades urgentes
y las rodillas y los muslos suaves
relumbran en el frío resplandor de las horas de humo.
Quiero decir en el desierto, en el destierro,
en las arenas de los camellos sin sombras, sin oasis,
sin aguas reflectoras que refresquen
las gargantas quebradas y las lenguas partidas
por una sed ya sin destinatarios, que se ha marchado,
sólo acompañada por la fuerza del viento.
Allí te encontré, junto a los fuegos puros de los deseos
y las sombras transformadas en ciegas transparencias
y tú no eras una de ellas sino la única, la reina.

Sombras transformadas en ciegas transparencias
te rodeaban, agolpadas volaban a tu encuentro,
traspasadas por aristas y por distancias que no cierran
porque abandonan y abarcan horizontes imposibles.
Pero en el encierro en fin, en la alcoba, en el encuentro,
en la cópula de las corolas de terciopelo,
parpadeantes y absorbentes como terrores lúcidos
abrazando los falos o los nudosos tallos penetrantes
para que tú permanezcas aún en el centro de la utopía,
prometiendo un amor imposible, hecho de eufemismos sin fin,
de concatenaciones de oquedades que suenan
engolfadas en el rumor oceánico de las caracolas.
Para que tu permanezcas desde todos los rincones del tiempo
en el zumbido agraz de la rumorosa colmena.
Mires, observes, desde pretéritos y porvenires,
desde húmedas escolleras sin nadie,
pero sobre todo desde la soledad hecha de angustias
y desde sus oscuridades violetas que flamean
nuestros destinos de zánganos portadores del néctar
en las oscuras calles de espectros sin rostros.
Tú haces sonar en tono de ululido y aullido
la honda vagina resentida del sarcástico nido,
la usina, la fábrica de mieles, los ácidos inconsútiles
de la real jalea de la ilusión y en ese aroma
se alimentan sin mengua las fieles larvas hechas de nosotros.


Amilcar Luis Blanco (“La reina abeja” obra pictórica de Wilder Morales Espinosa)