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viernes, 16 de agosto de 2013

Nadie

























Nadie me sigue, nadie desordena mis puentes
en el cauto silencio de perfiles ansiosos
dilapidándose en las graderías de lo anfibio;
es decir, estoy solo como siempre, completamente solo.
Vivo en la ciudad de las máquinas y las preguntas
donde se mancillan hasta los temblores.
Muchas maneras de ser se conjugan en una sola
y las despedidas flamean y se arrugan al viento
hasta desarraigarse y volar y olvidarse
porque no hay persona que retenga un adiós.
Todo porque la vida nos hace livianos
pero con carnes de catástrofes,
es decir nos cuece en alegrías y desastres
largándonos los filos de los años como hachas
escindiéndonos los tallos, los brotes de inocencia,
jalándonos las ramas, cortándonos las flores,
sin esperar nuestro morir, en plena vida.
Porque sufrir se sufre por todos los costados
de la machacona costumbre de estar despiertos
y en el medio del cuerpo o de la risa
y aún dormidos pero con la parca insistencia de la parca
que abusa de su hoz y nuestras primaveras
y nos fuerza a entregarnos como una amante turbia y deliciosa.

Amilcar Luis Blanco