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viernes, 6 de noviembre de 2015

LOS DETENIDOS DESAPARECIDOS



A la cartelera de los días vuelven los muertos abandonados.
Ellos pisaron sus ansiedades iguales a sus sombras 
desde sus amaneceres.
Se fueron al mañana del ayer para  estar en un hoy
que alargarán todavía hasta que nuestros días duren.
Nos han pasado por alto saltando los tapiales que separan los patios,
los domésticos fondos de las casas, del tamaño del grito de nuestras madres
llamándolos, llamándonos, clamándolos, clamándonos, 
para tomar la leche de la buena ventura.
La buena leche de los buenos días que nutrieron esperanzas y alimentaron nuestra buena fe.

Los detenidos desaparecidos tienen ahora sus domicilios 
en sus epitafios sobre el mármol.
Y nos miran pasar desde nuestros recuerdos que, 
quienes más, quienes menos,
llevamos dentro de nosotros junto al bochinche de la ciudad y los pájaros.
Y en los ladridos de los tristes adioses que dan los perros a la noche
ellos parecen agitar sus manos para no despedirse mas de nuestras nostalgias.
Allá pasa una madre con su Juan Dulzura de la mano, 
Pedro Bondad llevado por su  abuela, Honesto Ernesto,
llevado por el otro y cada uno sufriendo su porción de humanidad faltante.
Y algunos sin recordar a nadie, imaginando rostros sin rostros,
y cuerpos sin cuerpos que la muerte propone a la morbosidad de los extraños.

Pero paseando al fin leyendo igualmente nombres y fechas, viendo cruces,
sosteniendo las cuerdas que dan hacia el abismo;
cotidianos y livianos andamios levantados junto a la cósmica desgracia.
Porque el enorme parque junto al Mar Dulce, el aleonado río, es el camposanto; encuentro de la ciudad y el tiempo;
algo así como el patio de una iglesia que no termina nunca
e interna su horizonte en las tinieblas del misterio, siempre irredento.
Los vemos en hilera en Santiago de Chile, en el Quito  Ecuatoriano, en la Montevideo uruguaya
y en este aquí de Buenos Aires, Argentina, Parque de la Memoria en Costanera Norte.

Ya ciegos para ciegos contra ciegos en ceguera total en los ocasos.
Ya ciegos para ciegos contra ciegos en la ceguera suelta y sin remedio.
En la nada sin nadie, la perfecta, desprendida del miedo.
Tal la mano del muerto recién agonizante en una mano amada hasta hace un momento.
Y ahora vagan enteros siendo  cuerpos sin cuerpos, un recuerdo de cuerpos que llaman desde adentro
porque fuera del mundo y de nosotros se han quedado para siempre sin tiempo.

Amílcar Luis Blanco (Fotografía del Parque de la Memoria en Costanera Norte en Buenos Aires, Argentina)