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martes, 3 de noviembre de 2015

UNA MUJER CUALQUIERA







Una mujer cualquiera, una mujer,
que carga el día de la noche a la mañana,
junto a la bolsa de las compras,
pesada de preguntas sin respuestas,
de pobrezas pasadas, actuales y leyendas
que vendrán con la novela de la tarde
como barcas que se acercan a la bahia
de su silencio expectante
mientras los pies le duelen de apuradas caminatas y la piel en las manos, en el rostro, se le aja, epidérmica, de otoños cayéndole y de inviernos torciéndole lo esbelto como el viento dominante que ha pesado sobre ella con destinos adversos.

Una mujer de ruleros recién sacados
o todavía puestos, negándose a la coquetería
porque la aguardan, en sus puestos de mesa, en sus balcones y sus lechos,
sus amores sin discusión y a los que debe plancharles
decorosas apariencias que invisibilizan sus vidas
y todavía también poner a hervir las papas dentro de los minutos,
barrer de los rincones nostalgias a pedazos y lutos hechos polvo.

Esa mujer cualquiera nos atraviesa el alma,
nos dá en el corazón con vendavales de sonrisas y alientos
y esconde sus reveses de asfixias y de llantos.
Ella abre los créditos a nuestras vidas para que hijos, padres,
abuelos, hermanos, vagos, trabajadores y aun villanos
jamás nos endeudemos como zánganos,
hartos de sus amores tantas veces, con tan poca justicia, cuando deberíamos sin duda, inclinarnos al borde de sus vientres, al lado de sus pechos, con labios temblorosos, rezar agradeciendo sus amores, para que nos den esa primera y última palabra, madre, mamá, porque por ella entramos y salimos  del plural y fatídico universo.

Amilcar Luis Blanco (Pinturas de Wenceslao López Guerrero, Diego Velázquez y Albert Gleizes)

Femmes-cousant-(A.Gleizes-1881)