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viernes, 26 de marzo de 2010

Mientras me adormecía.-

Mientras me adormecía,
la luna se enmarcaba y sonreía,
los zapatos abiertos esperaban
mis pies para los pasos que darían.
La noche, por supuesto, había desmayado.
Su doncellez latía
de cuerpo abierto hacia lo minucioso
del mundo que una radio transmitía,
con una voz delgada, un arrugado,
casi estertor de su yaciente gozo,
quedaba descubierto,
hablaba con mis egos transparentes,
en cuartos, patios, camas, en un huerto,
en altos terraplenes,
volando en parapentes,
observando ciudades,
desde las ventanillas de los trenes,
y en antiguas edades.

En realidad las voces conversaban
solas en el relente,
propagaban
un mundo humanitario, repartían,
sentimientos y glorias, majestades
en escala ascendente.
Había turbias, huecas obviedades,
dejándose escuchar como querían
y simulando ser profundidades.
Había libertades,
féminas desatadas y desnudas,
hueras, furiosas vírgenes bacantes,
deseando a toda costa desvirgarse,
prostitutas de lánguidas maneras
tratando nada mas de adocenarse
en infante actitud de quinceañeras
absurdas, aberrantes,
leían a Girondo y dibujaban trompos
torbellinos de labios carnosos y menudos.
Se borraron después
crecieron flores, carámbanos agudos,
cavernas como asombros
en un revés
de paladares mudos.
El aire se dormía,
una grisacea luz lo consumía.


Amílcar Luis Blanco