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martes, 2 de noviembre de 2010

III.- El sermón de fuego (Continua la trad. de Eliot)

La barranca del río está rota. Los últimos dedos de las hojas
se aferran y se hunden en la orilla húmeda. El viento,
cruza la tierra parda, inaudible.Las ninfas son difuntas.
Dulce Támesis, corre suavemente hasta que finalice mi canto.
El río no lleva botellas vacías, envoltorios de sandwiches,
pañuelos de seda, cajas de cartón, colillas de cigarrillos
u otros testimonios de noches veraniegas. Las ninfas son difuntas.
Y sus amigos, los callejeadores herederos de los directores de la ciudad,
fallecidos sin haber dejado domicilios,
se sentaron y se lamentaban bajo las aguas del Leman.
Dulce Támesis, corre suavemente hasta que finalice mi canto.
Dulce Támesis, corre suavemente hasta que finalice mi canto.
Pero, a mis espaldas, en una fría detonación, oigo
el traquetear de los huesos y la risa extendida de oreja a oreja.

Una rata se coló suavemente a través de la vegetación
arrastrando su viscoso vientre en la orilla
mientras estaba pescando en el lento canal
en el atardecer invernal rondó tras la casilla del gas.
Reflexionaba sobre el Rey y el naufragio de mi hermano
Y sobre el Rey, mi padre muerto ante él.
Cuerpos blancos, desnudos, sobre la baja y húmeda tierra
Y huesos contenidos en un pequeño, lento, seco, desván,
agitándose sólo bajo el pie de la rata, año tras año.
Pero, a mis espaldas, de tiempo en tiempo, oigo
el sonido de hornos y motores, los cuales me llevarán
dulcemente a Mrs. Porter en la primavera.
¡Oh, la luna destellaba, brillaba sobre Mrs. Porter
y sobre su hija!
Ellas se lavaban los pies en el agua de soda.
Et, O ces voix d`enfants, chantant dans la coupole!
Tuit tuit tuit
Jug jug jug jug jug jug
Que bruscamente forzada
Tereu

Ciudad irreal.
Bajo la niebla marrón de un mediodía de invierno
Mr. Eugénides, el mercader de Esmirna.
Sin afeitar, con un bolsillo lleno de grosellas,
C.I.F. Londre, documentos a la vista.
me invitó, en francés demótico,
a almorzar al Cannon Street Hotel
seguido por un fin de semana en el Metropol.

A la hora violeta, cuando volvemos hacia arriba
los ojos y la espalda desde los escritorios;
cuando el motor humano espera como un taxi palpitante que esperara.
Yo, Tiresias, aunque ciego, palpito entre dos vidas;
hombre viejo de arrugados y femeninos pechos, puedo ver.
A la hora violeta,la hora de la tarde en que se emprende
el regreso hacia casa; que trae al marinero al hogar desde el mar.
El hogar del mecanógrafo a la hora del te, borrado su almuerzo,
encendida su estufa, expuesto su alimento en latas
fuera de la ventana, peligrosamente asomada.
Sus secas combinaciones tocadas por los últimos rayos del sol.
Sobre el diván están amontonadas (por la noche en su cama)
medias, zapatillas, camisolas y sostenes.
Yo, Tiresias, anciano con arrugadas tetas,
percibía la escena y predije el resto
y aguardé demasiado al huesped esperado.
El, el joven carbuncular, llega.
Agente, empleado de una casa pequeña, con mirada audaz;
uno de los pocos sobre quienes se aseguran los montos
como un sombrero de seda sobre un millonario de Bradford
Ahora es el momento propicio, como él adivina.
La comida está terminada. Ella está aburrida y cansada.
Se esfuerza para compremeterla con caricias
que son rechazadas y hasta indeseadas.
Fluído y decidido él entonces la asalta.
Sus exploradoras manos la encuentran sin defensa.
Su vanidad no requiere respuestas
y hace una bienvenida de su indiferencia.
Y Yo, Tiresias, que he sufrido todo
y he publicado sobre ese mismo diván o cama,
habiéndome sentado por Tebas bajo el muro
y caminado entre lo más bajo de la muerte,
confiérole el último, condescendiente beso
y le facilito el camino encontrándole los peldaños sin luz.

Ella se vuelve y se mira un momento en el vidrio,
apenas consciente de su amante difunto.
Por su cerebro pasa, a medias formado, un pensamiento.
"Bien, ya está hecho, y me alegró que terminara"
Cuando la encantadora mujer detiene la locura
y se pasa a su cuarto nuevamente, solitaria,
suaviza su pelo con automática mano
y pone un disco en el gramófono.
"Esta música se arrastraba por mí bajo las aguas
y a lo largo de a playa hasta "Queen Victory Street""
¡Oh, Ciudad, ciudad! A veces puedo oír,
junto a una barra en la calle baja del Támesis,
la placentera queja de una mandolina
y un estrépito y una charla desde su interior
donde los pescadores vagan por la medianoche,
donde las paredes son las asideras del magno martir.
Inexplicable esplendor del jónico blanco y oro.

El río suda.
Petroleo y alquitrán.
La deriva de las barcazas
con la marea vuelve.
Velas rojas
se extienden
a sotavento, nadan sobre los pesados mástiles,
lavan las gabarras,
navegan a la deriva,
bajo el alcance de Greenwich,
pasando la isla de los perros.

Weialala leia
Wallala leia la la.

Elizabeth y Leicester
golpeaban los remos
formándole a la popa
un cascarón dorado,
rojo y oro.
El ánimo elegante
ondeaba ambas orillas.
El viento sudoeste
llevaba hacia abajo, derramándolo,
el repique de las campanas
de las torres blancas.

Weialala leia
Wallala leialala.

Tranvías y árboles polvorientos.
Highbury taladrándome. Richmond y Kew
deshaciéndome. Por Richmond atacó mis rodillas.
Supina sobre el piso de la estrecha canoa,
mis pies hacia el Portal de los moros, y mi corazón
bajo mis pies. Después del hecho
lloró, prometió un nuevo comienzo.
No hice comentarios ¿De qué me ofendería?
En las arenas de Margate
pude conectar
nada con nada.
Rotas las uñas de las manos sucias.
Mi humilde pueblo, pueblo que espera
Nada
La la
A Cartago entonces volví

Ardiendo ardiendo ardiendo ardiendo
¡Oh, Señor, tú, anímame!
¡Oh, Señor, tú animas!