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lunes, 15 de noviembre de 2010

Ulises y Circe

Circe o Calipso abierta hacia la espera
observa el mar, atisba a Poseidón.
Sólo su espuma de rizada fiera
enturbia y morigera la luz de su pasión.
De lasitud preñada; su corazón golpea
con latido de parche y hace temblar su sangre
Necesita caerse, se marea,
en el cuerpo de un hombre. Es una tea,
pero líquida, urgente. Su carne siente hambre.
Sed también de sudores ambarinos.
De seminales lavas de volcanes
que mojen sus cosquillas,
como helados carámbanos marinos
y que mengüen y aumenten sus imanes
y deslicen detrás de sus rodillas
ríos de estrepitosas maravillas.
Ulises, marinero, entre héroes tahúr,
ha llegado a su carne y mira sus arenas
con deseadores ojos, cielos de sal y sur.
Circe aprieta en sus párpados sus encendidas venas
Y desea al instante que el hombre la posea
Se dirige a la playa e impetra la marea
Y Poseidón le entrega al intrépido amante
Hechizado, dispuesto y dócil a su pulso,
morará en el Palacio maleable a su talante
Su reciedumbre entonces hará estallar convulso
ese cuerpo de Diosa que habita la centella.
Calmará los ardores, los fuegos contenidos,
que desvelan sus nervios para hacerla doncella
nueva mujer, de nuevo, por todos sus sentidos.

Amílcar Blanco

Noviembre de 2010