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lunes, 7 de abril de 2014

BUENOS AIRES






¿Cuánto humor, cuánto celo, cuánto amor, cuánta  saña,
se necesita para andar entre la gente en esta calle extraña?
En cualquier calle  extraña pero entraña metida en la ciudad,
aterida y con niebla y más herida aún con luces y otredad.

Porque a decir verdad, aunque he nacido en ella,
sólo conozco el gris sin albedrío de su esquema centella.
Ese ritmo de raudos automóviles, ese clamor de ausencia
explicativa en parte de sus penas y claxons y su urgencia.

Entre los edificios y las plazas, cordones, empedrados,
bicisendas,  veredas rotas, baches, hay bares angelados,
esquinas visitadas por antiguos fantasmas, sosegadas paciencias,
y salidas de  bocas de tormentas, almas y hondas conciencias.

Ese mar dulce, hoy contaminado, de sudestadas densas y neblinas
encharca bien abajo su catarro de tango y desagua en sentinas,
como algunas milongas como algunas aberrantes pasiones
aferradas sin manos a los bordes de cursis ilusiones.

¿Del viejo y de la vieja,
de la mañida y manoseada queja?

Buenos Aires ahora, sin Gardel, hace rato, dura para la suela del zapato
y gregaria, sin tino en el cartel, en la tele, en los diarios, en el plato,
escamoteándonos el guapo aquel y la mireya que le daba su risa y su clavel
y el carnaval de antaño y aquéllas marionetas de nostalgia y papel.

Amilcar Luis Blanco ("Agua, luz y hormigón" pintura de Teresa Piacentino)