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lunes, 14 de abril de 2014

Nuevo ajedrez con la tristeza.







La tristeza nos gana su ajedrez de silencios.
Sentada aquí en el fondo de la mirada mía
cumple acabadamente su costumbre sombría.
Echa su resto de humo, caviloso, de plumas
que vacilan hundiéndose en hamacas de sombras.
Después se va cerrando horizontes adentro
Una piedra de lágrimas que la garganta aprieta
como si fuera un puño de vez en cuando agita
su pañuelo de llanto al fondo de mis ojos
y después se despide bogando a la deriva.
Mi mano, el corazón activo del deseo,
inquietamente busca en qué ocupar su desasosiego
y extrae desde mi alma un cigarrillo, otra pieza del juego.

¿Pero somos acaso las piezas de ese juego
que nos excluye siempre mientras movemos piezas
metidas en el tiempo, en el único tiempo; nuestra vida.
O al contrario gestamos los peones, las torres,
los caballos, las damas, los alfiles, los reyes,
los cigarrillos mismos para empaparlos siempre
de la mortalidad que nos inunda y defender así,
disimulándola, esta fragilidad de la vigilia
que escapa entre maromas y acrobacias
del terror que la muerte nos produce?

Estamos en el juego, en el tiempo finito de cada movimiento
y detrás de gambitos,  enroques, aperturas,
la tristeza responde en la mitad de sombra que le toca,
silenciosa, sentada, fumándose la espera y la esperanza,
y mirándonos siempre, con mirada sedienta y a los ojos,
sin permitir jamás que la olvidemos, sabiéndose maestra de estrategia,
porque ella sostiene desde el rincón oscuro la luz de sus silencios.
Y ese callar nos toma de las sienes, nos dirige las manos,
nos conduce  al damero de la dispar contienda,
a la batalla en la que caen, caemos, nuestros seres amados y nosotros.

La tristeza nos gana su ajedrez de silencios.
Nos da un mate de sombra y hace su regicidio
después de un magnicidio de enormes proporciones.
Porque vamos dejando al responder el fiel de las movidas
una estela sin pausa, ni retorno, ni fruto, ceñida a cada pieza,
desplazada a las lindes externas del tablero;
ese lugar sin nadie abierto al infinito sin cesar desmarcado;
lo ingrávido, el vacío, los estribos del humo distante, constelado,
todo se hace y deshace en la tiniebla al enfrentar los miedos
para que al fin quedemos extenuados y la tristeza triunfe
sentada aquí en el fondo de la mirada mía.-

Amilcar Luis Blanco. (Pintura de Lautaro Fiszman)