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domingo, 6 de julio de 2014

PUERTOS Y NAVEGACIONES.








Instantes detenidos en la velocidad despaciosa
de las mareas incesantes;
antiguos puertos,
flejes, grúas, plumas, contenedores,
gaviotas sobre el agua con petróleo,
hombres hombreando bolsas
y bodegas
tragándose los bultos y las sombras.

Y el vaivén de las olas agitando las barcas
contra los cantos del dock.
Enormes travesías bajan y suben
en aguas detenidas largamente surcadas
durante los lentos itinerarios
anotados en las bitácoras
hasta que al fin se lanzan las jarcias y las vergas
y el áncora desciende hasta el fondo de lodo.

Silos en cuyos vientres silban los fantasmas,
los espectros de adioses
y una pelota desvencijada en el azul sobre el cemento,
como un trozo de cielo muerto que se hubiera caído
de un modo descuidado al estibar un mundo
antes de emprender su viaje hacia otro,
ignoto.
Pero además los días y las transpiraciones y los miedos
y las manchas de herrumbres en los cascos.

Acaso la meditación del capitán;
una frente surcada de horizontes y vuelos de gaviotas,
unos ojos sin duda mensurantes,
agrimensores de almas navegantes y cielos resbalando
sobre las curvaturas de las aguas inmensas
y recayendo al fin en sílabas y nombres y fechas y cardúmenes
que perturban las vigilias memoriosas de las bitácoras
y establecen sus diálogos expuestos
como heridas abiertas que se cierran cercadas por silencios interminables.


Amilcar Luis Blanco (Pintura de Ernesto Romero)