
Todo sale de un centro y no se sabe cuál es
y sobre todo el viento se lleva puesto el día;
un flamear de distancias en banderas y sábanas colgadas
en copas de árboles y cabellos de mujeres.
Las piedras pulen sus rugosidades bajo el torrente
que va juntando los instantes, apilándolos,
después de reducirlos a láminas pringosas
mientras la electricidad golpea el aire convulsivamente.
Nos amarramos desesperadamente porque su fuerza invisible nos desnuda
y nos hace borrosos, expuestos a la velocidad de elementos desatados,
cautivos silabeantes de una furia que nunca nos escuchará
porque viene y va más allá de nuestras intenciones y denuedos.
Pero todo se inclina, todo nos llama cuando la borrasca accede a nuestro tiempo,
a ese instante de tiempo que nos lleva cautivos y vivimos engañados,
porque descubre el lado siniestro de la impostura; así como la sombra cae sigilosamente
sobre la luz enhiesta del sol cuando atraviesa un mediodía de calma y de pronto oscurece.
Amilcar Luis Blanco (Pintura de Paolo Uccello)
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