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viernes, 23 de marzo de 2012

MI SOLEDAD





Arrumbada
en el siempre, nunca, nada;
en el trozo de sombra que me cierne apetece
afilar su guadaña, contemplarme extasiada
desde cuencas vacías y decrece
mis orgullos banales y mis melancolías.
Y disfraza mis miedos y organiza
carnavales de ausencias donde danzan mis días,
se ralenta mi prisa,
mis deseos fervientes vestidos de esperanzas,
en báquicas orgías
como urgentes matanzas.



Mi soledad me puede porque tiene,
y la ahuesan,
contra mis nacimientos agonías.
Ella viene
de tristezas a mares que enjaezan
con tinieblas sombrías
de sordidez y aliño mis cabalgaduras
y opacan brillos y colores
sus monturas
con espúreos y álgidos dolores,
a veces con tragedias o meras amarguras
o imposibles amores.



Mi soledad me pone en la pared del llanto,
en la desesperación y el ansia roja
de la garganta tensa, del espanto,
y mi risa se vuela y me despoja.
Sin embargo al dejarme sin la fuerza,
sin el brío tenaz de rechazarla,
pues su marea vuelve viva y tersa,
quiebra contra la roca de mi vida
y al empaparla en su agua y abrazarla,
restañarle en su frío cada herida,
me hace sentir su álito más fuerte
y que estará conmigo hasta la muerte.

Amílcar Luis Blanco (Pintura "Después de la tormenta, la soledad" de López Fernández)