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sábado, 28 de marzo de 2015

CASA DE INFANCIA





Padre, madre y hermanos los convoco
a compartir de nuevo aquélla casa,
la visceral,  porque albergó mi infancia.
La que me tuvo quieto, admirativo,
los ojos muy abiertos y colmados
de misterios en todos sus rincones.

La del patio y aljibe,  higuera y parra,
eucalipto y  aromo,  gallo, gatos,  gallinas.
La casa de las nueve habitaciones.
De los inviernos con estalactitas
desde la madrugada al mediodía.

De las largas lecturas en alta voz de padre.
Iliada, Odisea, Don Quijote,
y Calderón y Lope,  Quevedo y Garcilaso.
Las gatas blancas, Sunda y Upasunda,
de padre y madre respectivamente,
jugando externo amor correspondido,
pero después barrido por los vientos.

Esos vientos de pampa enfurecida,
hacían temblar las puertas y ventanas
y , a los parientes de visita
de la lejana Capital, los aterrorizaban.

Jugábamos, andábamos, a flor de alma,
entre el jardín de invierno y la cocina,
fastidiando a Blanquita,  a Consuelo,
a Nélida y a madre y al mismísimo padre.

Esa casa soy yo y es mi basal memoria;
puerto para dos diásporas: de llegada  
luego de haber recién nacido
y otra, de doliente partida,
desde mi pubertad hacia mi vida.

Pero hay miles de caras para las mismas caras,
y multitud de cuerpos en quehaceres diversos
para  los mismos cuerpos que palpitan
uncidos a preguntas y recuerdos.

Y aquélla casa los contiene a todos
y los apila en sombras y fantasmas,
en vértigos y ropas y  sonidos,
torbellinos en pausas de silencios,
entre gritos y cantos y palabras
de charlas en jirones, sinfonías y tangos,
valses y melodías y cintas "cine graf"
que el padre con su amor nos preparaba
y proyectaba en el señorial comedor oscurecido;
banquetes para nuestros ojos insaciables.


Aunque nosotros nos hayamos ido;
los misterios que somos, esfumados,
sigo bajo el dintel de la cancel sentado
esperando aquél tío, un primo de mi padre,
que me trajo por fin mi primer libro,
en cuyas páginas, de enormes signos
y dibujos ingenuos en colores primarios,
aprendí, silabeando, a unir las letras
y alzar desde mi voz cada palabra
para después imaginar las vidas
que resucitarían como Lázaro
al Cristo de mi frente.

Hogar de siempre, anclaje y despedida.


Amílcar Luis Blanco (Fotografía de la casa de América tomada por mi amigo Oscar Singh)