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miércoles, 10 de diciembre de 2014

MADRES Y ABUELAS DE PLAZA DE MAYO




Las máquinas del dolor en la ciudad,
las palas de las penas y los deseos laborando incesantes,
pero sobre todo los miedos y las cobardías
prorrumpiendo en la vulnerabilidad de las gentes de paz
por quienes llegan a robar y a querer suprimir los sueños, las ideas,
vestidos de uniformes con pistolas y balas y rifles recortados,
los cobardes absurdos, brutos empavesados, zombies, robots,
muñecos pueriles y siniestros y con conciencias muertas.

No golpeen adentro de esas cabezas huecas mandadas por mandados,
porque adentro no hay nadie o solamente un gentío aturdido,
un gentío asustado que responde a un terror irascible y solapado.
Inútil preguntarles, intentar despertarlos, decirles no torturen y no maten,
cualquier vida es sagrada, detener con palabras golpes, picas o balas, de resentidos,
sádicos enfermos, asesinos airados, lastimando, agrediendo
con total impudicia tras un radar de impunidad inmunda.

Enfrentando racimos de nervios y sirenas y urgencias y catástrofes,
asomadas y al borde de su caudal de llanto,
enfrentando a esos miedos trasvestidos
y las indiferencias de las gentes de bien,
de los milicos de rancia aristocracia y olor a cementerio,
como palomas firmes esquivando los buitres
allí estaban las madres, las abuelas, enfrentándose a los destructores
a puro corazón a puro pecho y en la Plaza de Mayo
para darle cordura a cada tarde en los días de pálidas desgracias.

Eran y son sólo mujeres con sus pañuelos blancos
y sus arrugas de años y un sufrimiento orfebre,
trabajando sin tregua sus arduas lozanías
y sin lograr que sus pasiones se enfríen ni un poquito
para pedir por vidas, dignidades de desaparecidos
en la negra amargura de un tiempo con límites de plomo.

Las madres, las abuelas, de ovarios absolutos,
del redondo tamaño de todo el universo,
soberbias en valor,  libertad y  mansedumbre
y sin bajar jamas esa sed de justicia en sus miradas,
circulando en el frío, en la intemperie, en los alrededores de la muerte,
tercamente y en círculos retando a genocidas en sus jetas de hielo.

Sin inclinar jamás la luz irradiada del alma,
el haz de claridad quebrando las tinieblas;
esa luz siempre nutre el sol de la esperanza
de los hijos errantes regresando a las madres.
Las madres absolutas de hijos absolutos
y la Justicia insomne regresando a sus fueros
en un extenso campo de silencio.

Que nadie diga nada, que nadie llame a nadie para mirar el llanto,
para sentir la vida vuelta después de lágrimas y sombras,
vuelta después en paz de tanta guerra y de tanto dolor y tanta pena
y absurdo en letanías de hipócritas palabras de obispos y políticos y vanos.
Hay que inclinarse ante las madres y ante las abuelas
porque son catedrales sus ovarios, catedrales de cuerpos y de almas
y planetas girando en los espacios de un universo de infinita gracia
y si hay un Dios como se dice siempre ellas son sobrehumanas como él mismo.

Amilcar Luis Blanco  (Pintura mural de Guillermo Roura)