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lunes, 16 de febrero de 2015

Ciudad de lluvias.




















Quién quiere en tanta ausencia sosegarse,
detenerse y pudrirse como el agua estancada
en las sentinas de las cunetas de una ciudad
que refleja sus miedos en el agua.

Hay tanto tiempo de los muertos desmadrándose,
cayendo de troneras y dinteles y jarcias.
Lluvias que se refugian en el misterio de las gárgolas.
Lágrimas del acaso, lágrimas donde antes hubo llantos.

Borbotones, cataratas de llantos que secaron los cuerpos
y sellaron los labios, apretujándose, contrayéndose,
como un pájaro herido traspasado por cuchillos de hielo,
 carámbanos de duelo, desilusiones cónicas en salmos

Y la ciudad parece deshacerse de la lluvia que la abrillanta,
parece abrirse en brazos y estirarse bufando por sus horros,
expendedores de humos como fosas nasales de dragones.
Un animal de niebla lentamente revuelca su lascivia contra frontispicios y dinteles

El vertical diluvio sobre luces y asfaltos despliega su inmanencia de quebrantos
y liquida su cielo que se  esparce en milimétricas gotas sobre acantos y cactus,
que en balcones olvidan las manos glamorosas de acendradas mujeres,
en pesadas descargas de transparencias lavando y deslavando remembranzas y olvidos.

Amilcar Luis Blanco  ("Lluvia sobre Nueva York", pintura de Pete Rumney)