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viernes, 24 de diciembre de 2010

Hecho de absurdo.

El hombre,
hollinado por dentro,
como una chimenea de sangre palpitante,
quiere limpiarse pero fuma,
quiere dormir y actúa,
ayunar y mastica.
Quiere amar pero el odio lo inflama
como una luna calenturienta y roja.
Tropieza a cada paso
con su deseo de detenerse
¿Esa es su cruz acaso?
¿Vencerse cada vez?
Luchar contra lo absurdo y ordenarse
para ser mas absurdo si es que cabe.

Hecho de absurdo
de duelo en bacanales
pongo a salpimentar mis lagrimales.

En el devenir de las canillas,
bajo o sobre el agua,
durante el mate con facturas,
dentro del sueño
o fuera de su dilatado perfil,
mientras espero la tormenta,
veo radio o escucho televisión
o incluso mi perro prepara el asado,
y te veo, ensimismada o riéndote,
también entrecortada,
a pausa y llanto,
en llantas apoyándome,
sintiéndonos,
entonces y después y ahora,
debo recordarme que queriéndote,
queriéndome,
despiertos o dormidos,
me muero, te morís, nos extraviamos.

Hecho de absurdo
golpes y rituales
pongo a salpimentar, sutil o burdo,
condumios como hostias ancestrales,
grey de las milenarias catedrales.

El día, histrión del sol, sale a menudo
sobre una galería de fantasmas.
Estando así, abarcados,
nos sentimos viajeros de su lumbre
pero también ausentes en nosotros.
Saludar exagera nuestras ganas.
Mirar o traspasarnos es lo mismo.
No hay embriaguez mayor que la del día,
ni ceño ni sombrero sin naufragios.

De pronto me ilusiono porque un cántaro
resuelve la materia de tu carne
con la luna y tus curvas
y mi canto que aspira a contenerte
y un contento, translúcido en mis manos,
que te sienten melodiosa y redonda
como un fruto mordaz del paraiso,
se atreve a contenerte
y se hace cofre
para que tu fragilidad no se resienta.

Pero desde la mirada mas furtiva
el absurdo se aviva.

Entonces cae la tarde, como un tren que se marcha
hacia el oscurecimiento gradual
llevándose la luz del último vagón.
Me pienso así viajero del espacio
sentado en el furgón
alejándome a mares del planeta
sin advertirlo, casi sin moverme,
en este horcón lumbálgico de mis caderas
en el que estoy sentado.