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lunes, 18 de abril de 2011

BUSCAR LA CIZAÑA ES CASI SIEMPRE SEMBRARLA

Buscar la cizaña es casi siempre sembrarla. Quejarse de los mil y un actos de corrupción de hoy de ayer y de siempre, que, por repetidos, fatigan y cargan la memoria a tal punto que todo intento de crítica nos parece tan inútil como el trabajo con que los dioses habían castigado a Sísifo cuando lo condenaron a llevar hasta la cima de la montaña la misma roca que volvía a caer una y otra vez, es incurrir en verborrea inútil y contribuir a mantener la ceguera generalizada sobre todos los temas de interés común. Sin embargo la gota de agua horada la piedra . Y así miles de articulistas, comentaristas, opinólogos, periodistas, que repiten y reiteran hasta el hartazgo las mismas consignas consiguen desgastar y erosionar el criterio, los principios o supuestos a partir de los cuales hemos decidido pensar la política o los actos gubernamentales que nos tienen como destinatarios finales de sus efectos, benéficos o nocivos, a todos. Esto es, cansados, fatigados de tanta monserga repetitiva terminamos por renunciar al pensamiento, juzgándolo inútil, desprovisto de sentido.
Hace poco, en un programa que conduce María Laura Santillán, por TN, Alejandro Dolina y Enrique Pintí opinaban, disintiendo, acerca de la política y los hechos que produce. Pinti se quejaba de los cortes de energía y decía que con ningún Gobierno se solucionaban los perjuicios que producían. Ese era su reproche, no le importaba, con qué criterio se encararan, sólo reclamaba la solución. Dolina, mas inteligentemente, sostenía que lo más importante era el criterio político que se escogiera para solucionar ese o cualquier otro problema. En esto avanzaba, disintiendo asimismo, con la conductora Santillán que le reprochaba su énfasis al declarar que la política no es paz y que todos estemos de acuerdo. Mas que paz, decía Dolina, es beligerancia, enfrentamiento de ideas, discusión, diálogo y la condición de ese diálogo que debería ser escuchar al otro le trajo la pregunta y la duda acerca de sí mismo. Dudó de que él supiera escuchar.
Llegado a este punto me parece fundamental reconocer que la política no es consenso, como un contrato de derecho privado, es mas bien guerra, disenso, beligerancia, enfrentamiento, discontinuidad de pareceres. En realidad debería conducir al debate de ideas. A decidir si el tema de la insuficiencia de energía eléctrica se solucionará con la intervención decidida del Estado o dejando que las fuerzas del mercado, el pleno liberalismo actuante, opere sobre el problema y lo conjure de modo racional.
El planteo de todo problema político reclama una metodología de acción, una estrategia que opera desde principios sistémicos, estructurales. Esto es así porque,como ya lo señalara Foucault el poder, núcleo de la política,circula entre nosotros y articula prácticas sociales que tienden a consolidar esquemas de dominación en los que el propio saber se convierte en poder actuante. De tal modo los discursos de los que se nutre ese saber no son indiferentes. Son o deberían ser, en la medida de lo posible, desocultados o descubiertos o desnudados en la discusión y el diálogo al punto de ponerse todos en evidencia o exposición constante entregándonos sus secretos operativos a partir de la beligerancia de las ideas y los criterios de verdad que operan inclusive dentro de las estructuras del pensamiento, gramaticales, lingüísticas, lógicas, en última instancia.
Entonces mas que asordinar, entorpecer, confundir, nublar con reproches a la política,poblándola de casuísticas que no ayudan a esclarecerla habría que tratar de pensar el sistema de ideas del que se nutre todo planteo político para dejar en descubierto la hipocresía, los eufemismos, los subterfugios, las máscaras y disfraces que suelen asumir sus personeros y la andanada de prejuicios con que siguen intoxicando el psiquismo colectivo, buscándole y sembrándole la cizaña con que lo envenenan.