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jueves, 28 de abril de 2011

UN DRAMA PERSONAL.-EL SONIDO Y LA FURIA.-

¿Qué nos quiere decir Santiago Kovadloff en su artículo titulado “Un drama nacional”, publicado en el diario “La Nación” del 27 de abril de 2011? Me parece que cuando titula su comentario como un drama y lo califica de nacional, debería cambiar el adjetivo y escribir: “personal” ¿Por qué? Veamos.-
Primeramente postula la existencia de una oposición inepta que no supo articular un discurso inteligente que convenciera a la gran mayoría de la gente de lo malo que es este gobierno y de lo bueno que podría ser otro, sin decir quiénes lo integrarían ni tampoco qué harían. Enumera luego los daños que le hicieron al país y a la gente los dirigentes políticos anteriores a los Kirchner, enumeración ésta con la que todos los que leemos el artículo o la gran mayoría no podríamos dejar de coincidir. Dice que la gente no es tonta y se da cuenta de esa incoherencia e inoperancia de los dirigentes de oposición
Después se refiere a la astucia de Néstor Kichner, un “provinciano de aspiraciones módicas” según el articulista que habría aprovechado el resentimiento de la gente para venderle una especie de simulación de buen gobierno. Aquí la gente pasa a ser estúpida porque cree y compra lo que Kirchner expende. Vale decir que aquélla inteligencia que le permite a la gente darse cuenta de lo imbéciles que son los opositores no le permite darse cuenta de lo impostor que es Kirchner.
Según la tesis de Kovadloff parecería que el mejor político sería el que más y mejor engaña, el mejor impostor. El que sabe seducir y convencer. Sin embargo tampoco es así porque los Kirchner no son buenos para él aunque sepan seducir y convencer. En cambio los de la oposición que serían intrínsecamente buenos tampoco lo serían del todo porque no saben engañar. Conclusión, para Santiago Kovadloff los buenos políticos deben ser siempre mentirosos, sean buenas o malas sus intenciones. El discurso de este pseudopensador es absurdo, está tan plagado de sofismas que ni él mismo lo advierte. Es el claro ejemplo de quien se engaña a sí mismo para tratar de convencer a los demás de su sinceridad. Una sinceridad impostada, simulada, fingida, largamente cavilada para construir una apariencia de verdad, pero que se torna casi psicótica y hasta patética.
El expediente más sencillo que consistiría en aceptar como buenos: los juicios a los genocidas y apropiadores de hijos; la designación de una Corte Suprema de Justicia compuesta por miembros que garantizan la independencia e imparcialidad de sus sentencias; la vuelta de los fondos previsionales a la gestión estatal; el crecimiento cuantitativo de los beneficiarios de esos fondos; la ley de medios audiovisuales; la asignación universal por hijo; las elecciones primarias, abiertas, secretas y obligatorias para los candidatos que se postulan en todos los partidos; el crecimiento del producto bruto interno; el superavit fiscal y comercial; la baja del desempleo; la persecución a quienes explotan el trabajo esclavo y, en fin, todos los aciertos de este gobierno, no le parecen al articulista configuradores de una actitud digna y honesta desde el punto de vista intelectual. No, para él es honesta su visión escéptica y retorcida, su sinceridad impostada, simulada, fingida, la aptitud de los políticos para el engaño, la astucia para conquistar al electorado, es decir los fantasmas que pueblan su afiebrada psicosis.
La conducta que necesita ser astuta para conquistarse al electorado es la del simulador, la del que miente, tergiversa, manipula y lo hace con un fin avieso, que debe permanecer oculto. Si la finalidad de una política es promover el bienestar general, asegurar los beneficios de la libertad y la igualdad para todos los ciudadanos de un país no se comprende muy bien por qué este fin debería permanecer oculto.
Kovadloff se confunde a sí mismo, se hace prisionero de sus propias mentiras y ni siquiera advierte lo eufemístico de sus razonamientos que a fuerza de eludir lo evidente, lo obvio, que el pueblo está mejor y aplaude y apoya por esa razón las políticas de los Kichner, se transforman en un discurso hueco y vacío, pleno de sonido y de furia.-