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lunes, 27 de mayo de 2013

ASTURIAS




Atravesando el día la guitarra,
como una marioneta de  sombras danzarinas,
exponiendo sus cuerdas a las yemas
de dígitos punzantes o ligeros,
hija de la madera, hermana del violín y de la viola,
en el centro brillante de los grillos,
comparece.

Y las notas restallan como gotas de lluvia
sobre la luz del agua abierta al cielo,
al ojo,  a la pupila trémula del jardín.
El vibrato sostiene cada trozo de voz
y el acorde que flota, hecho ya escalofrío
descuelga transparente de las copas, las frondas,
hiriéndolo en instantes,
inacabable, el cuerpo del silencio.

Y las manos se trenzan con las cuerdas,
aprietan en los trastes empáticos cordeles,
y haciéndola de trémolos, gorjeos,
construyen la dovela que articula en su centro
el pubis y hasta el sexo de una donosa ausencia
que late sin cesar entre pinos y alerces,
desnuda e invisible cenicienta.

Todo converge entonces y me guía
al centro cenital de las montañas
a solares cabríos y montunos
y faldas escarpadas entre piedras
por las que cuela el agua sus regueros
sus cascadas de líquidos aceros,
su solución de espejos
y sus coplas de trinos y de cantos rodados.

Y aunque no la conozco sueño entonces
con Asturias, cantábrica entre peñas,
descendiendo del sol hacia el océano
hecha de turbas, minerales, sales,
igual a la guitarra que la escala
en sostenido trémolo y asciende
hasta las crestas duras donde cantan
las gargantas espléndidas del viento.

Amílcar Luis Blanco