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lunes, 13 de mayo de 2013

EN LA MONTAÑA
















Me detengo, camino por el valle,
contemplo picos confundidos con nubes,
avanzando o detenidas contra basaltos escarpados,
muros cayendo a pique sobre faldas de bosques
y porciones de sol y de silencios
y rastros de sigilos y tinieblas,
huellas de los vientos helados y lágrimas del cielo
y las puntas ariscas de las colinas blancas en la altura
y los grises, los grises, sus cortezas desnudas
yendo a fisonomías esculpidas por siglos.

Sin medida la altura construyendo 
la paciente vigilia, los raudales de piedra verdinegra,
de roca amarillenta y rosáceo granito,
y de pulidos cuarzos y caminos que ascienden,
vertederos de lluvias entre pinos cipreses descendiendo
hasta lagos flanqueados de arrayanes,
de orillas transparentes y de cantos rodados
donde la luz enciende las gamas del otoño
en las hojas caídas y las copas vibrantes y tupidas
por las que el viento silba y gime y silabea.

Y el alma desfallece porque entiende,
sumando en un fragmento  la ecuación de belleza,
la imponente grandeza total de las montañas
y extravía de pronto sus brújulas activas
sus libros de bitácora asaz insuficientes
para intentar siquiera plasmar sus impresiones.
Y el corazón bombea y me recuerda
que estoy hecho de sangre y de agua y de viento
y que soy pasajero fugaz y menos libre
que los cóndores negros que cruzan y planean
en la imponente altura cernida sobre el valle.
Pero mis ojos viven y laten y contienen
mis pulmones respiran el aire de sus vuelos
y subo paso a paso la ladera escarpada.

Amílcar Luis Blanco (Postal del valle de "El Bolsón" en Río Negro, Argentina)