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lunes, 25 de agosto de 2014

EL ORADOR




El ardiente orador, como una llama pura,
flamígera en la noche, propone sus razones
y una turba lo escucha.

Si estuviera perdido en la espesa muchedumbre
estaría escuchando vocablos sin poder articularlos
y componer las frases en sentidos.

Estaría temblando en la intemperie
y los filos azules del aire me hablarían
más claro y más profundamente que el orador.

Ello porque en el ciego desamparo,
en el frío de averno que sale de las calles,
y de los sitios públicos vacíos, se aprende más.

El orador se cierra en sus razones,
es un fuego alveolado, un pimpollo en las manos del viento.
Mi corazón en cambio es sangre torturada abierta al huracán.

La intemperie sin duda es sempiterno escándalo y no cesa.
El orador lo sabe y se disfraza de gallo glamoroso
y en mitad de la noche y de la turba da su nota de desesesperado amanecer.

Amílcar Luis Blanco ("El orador", pintura de Ana Eckell)