
Cuando caiga la luz y el cielo en el pesebre
tiemble de eternidad en percusiones,
un bandoneón rescatará canciones
y arderá en noche y canto su emblemática fiebre.
Habrá temeridad escurridiza hiriendo la tiniebla.
Sacudiéndose, el miedo, en la hilarante risa,
pondrá un aroma enhiesto de mar y de ceniza
y se oirán los violines, bisagras de la niebla.
Y eso será por siempre, si yo escucho a Piazzolla
y el mundo descuaderna su afonía de viola
y se parten las horas una a una. Se inmolan,
iguales a las notas, a las claves. Se asolan,
dan de sí las penurias y desbarrancan olas
y boyan sentimientos contra las barcarolas.
Amilcar Luis Blanco
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